Cuento • Febrero 2008
Sangre de amor perdido
Nos conocimos un domingo de fútbol. Dos vecinos de grada rajando del partido. Los dos equipos daban pena, veintidós gordos a punto del retiro. Empezamos a silbar, nos pusimos de pie y gritamos de todo: sapos, troncos, farsantes. De repente toda la tribuna saltaba, rechiflaba y coreaba nuestros insultos. Nos fuimos cuando empezaron a escalar la alambrada, y a quemar las camisetas.
Caminamos de regreso al barrio, se llamaba Alfonso y era muy gracioso, siempre andaba echando chistes y haciendo bromas: un tipo se encuentra con un amigo: -Acabo de llegar de Brasil y allí sólo hay putas y futbolistas. El amigo responde: -Oye, mi mujer es brasileña. Y dice el primero: -¿Ah, sí? ¿Y en qué equipo juega ella?
Vivíamos a tres calles de distancia. Había pocas casas de dos pisos en el barrio, y menos con garage, él vivía en una de esas. Se habían mudado recientemente, su viejo era un cachaco bogotano dueño de un camión de dieciocho ruedas, y de un granero en el mercado popular.
Foncho tenía una Kawasaki deportiva que todos aprendimos a conducir, para hacer piruetas frente a las novias. Dos pequeñas ventajas: era blanco y tenía los ojos verdes. En cualquier fiesta, mientras nosotros sudábamos la lengua, convenciendo a las muchachas, Foncho se daba el lujo de estirar la mano y bailar con quien deseara.
Llegó a tener varias novias al tiempo, a una de ellas se la llevaron del barrio antes de que la barriga se notara. Todo eso le valió amenazas y hasta disparos al aire. Foncho se pacificaba por temporadas, entonces volvíamos a buscarnos para ir al estadio, pero tarde o temprano reincidía en sus travesuras. Su fama de mujeriego perdonavidas lo obligó a frecuentar otros barrios, donde también hizo estragos.
Para esa época llegó al barrio una feria de circo. Con alambres cercaron un solar y alzaron sus viejas carpas. El cielo se llenó de rancheras, guarachas y vallenatos que sonaban desde altavoces, colgados en altos maderos. Venían animales exóticos que debían inspirar temor, pero estaban tan muertos de hambre que daban ganas de abrir las jaulas: las costillas marcadas de los tigrillos, los tucanes descoloridos, cacatúas desplumadas y pirañas amazónicas comiéndose entre sí. La cuota de alegría la daban los payasos y malabaristas; los come fuegos, esos dragones tristes; las gitanas, inventando la suerte en las manos. En todas partes el ronroneo mecánico de las máquinas de azar, y los disparos de tiro al blanco.
La noche inaugural, Foncho y yo nos tropezamos en la calle y fuimos a la feria. Dimos vueltas por ella hasta llegar a una galería de monstruos. El cartel anunciaba un puerco con cara de niño que soplaba una flauta; un viejo llamado Camaleón, que tenía seis dedos en cada mano y la lengua tan larga que podía limpiarse las cejas con ella; el hombre conejo, un albino de pelo blanco y ojos rojos, que comía zanahorias con colmillos falsos; y la niña Manatí, una muchacha con tres senos que, según el cartel, había sido capturada por pescadores a orillas del Río San Jorge.
Pagamos la entrada a un muchacho pelirrojo. Entramos a un corredor con paredes de tela. Las cortinas se iban abriendo y cerrando revelando a los monstruos. Entonces la vimos. De pie, con el pelo largo y negro cayendo hacia los lados, sus ojos oblicuos, los pómulos salientes, los labios llenos. Una capa la cubría desde el cuello hasta los pies. La muchacha se abrió la bata en un sólo movimiento. Empujé a Foncho con el codo, pero no prestó atención. Estaba inmóvil, con su lata de cerveza en la mano, mirando a la muchacha, sus tres senos colgando del pecho, que a pesar de la sorpresa, se veían jóvenes, deseables, tres aureolas de un rosado marrón que parecían cubiertas de rocío.
El pelirrojo hizo sonar su campana: ¡Que pase el siguiente valiente! Aparté la cortina y salí, Foncho miraba hacia atrás. Viste, le dije, qué cosa tan rara, ¿por qué habrá nacido así? Verdad que es muy rara, me respondió, y se tomó la cerveza de un trago: ¿le viste los ojos?, los tiene de colores distintos, uno es café y el otro verde, como los míos. Mañana entramos de nuevo, le dije. Mañana no, ahora mismo, yo te invito. Repetimos la función, y cuando Foncho estuvo de nuevo frente a la muchacha, él le sonrió, pero ella se mantuvo impasible. El resto de la noche yo seguí hablando de muchas cosas, y Alfonso parecía distante.
Adonai era el administrador de la feria, un negro ex beisbolista, encargado de revisarlo todo antes de cada función, lidiar a los amigos de lo ajeno, poner en cintura a los borrachos, y pagar las cuentas. La dueña de todo era una vieja de nombre Petrona, pero que todos llamaban Patrona. Dormía en una casa rodante con aire acondicionado. En ocasiones salía para fumarse un cigarrillo bajo unos almendros, la carne se le había ido del cuerpo, así como los dientes de la boca. Sus labios eran arrugados y hondos. Sólo parecía aferrada a sus cigarrillos, y a un cuaderno de contabilidad. Varias veces la oímos pelear con el negro Adonai: ¡Cuida los centavos, negro idiota, que los pesos se cuidan solos!, esa parecía su frase de batalla.
Dimo García, Sin Título, 2007
Jugábamos damas con Cartucho, un payaso de la feria que soltaba la lengua cuando fumaba marihuana. Nos dijo que la niña de tres senos se llamaba María Auxiliadora, como la virgen, y tenía quince años. Había nacido en la Mojana sucreña. Su madre se sentía culpable de la desgracia, rezó rosarios y encendió velas a la virgen por muchos años, pidiendo perdón por sus pecados. El padre no soportaba las romerías de gente frente a su casa, llegaban de muchos sitios sólo para ver a la niña Manatí, como le decían, ese animal del río que da leche y sangra como una mujer.
La feria pasó por un pueblo cerca de la región. El padre vio a los fenómenos y supo entonces a donde pertenecía la niña. Se la vendió a la vieja Petrona, y desde hace seis meses anda con nosotros. Los ojos, continuaba Cartucho, le han visto los ojos, cosas de otro mundo. Ella casi no habla, pero una noche el negro Adonai se metió a su carroza con intención de violarla, y ella despertó a todos con los gritos. La Patrona hizo un disparo al aire: Te le acercas otra vez y te mato, le dijo al negro.
–Entonces esa vieja la protege mucho –dijo Alfonso.
–Esa vieja, allí donde la ves, tiene casi cien años. Le robó el trinche al diablo y se lo hundió en las nalgas. Dicen que conoció a Melquíades, un mago famoso que aparece en un libro. La vieja quiere venderla a buen precio en un circo grande. Hace seis meses andamos con esa niña, esta es la primera ciudad donde llegamos, y su espectáculo promete mucho.
En una tienda me encontré con otro miembro de la feria, el muchacho pelirrojo. Se llamaba Jeyson, empezamos a tomar cocacolas y a leer unas historietas que llevaba en el bolsillo, de Blue Demon, Vampirella y el Santo.
–Ese amigo tuyo le tiene ganas a María, viene todas las noches y entra cuatro veces a verla. A ella le gusta, ya se ríe con él y le recibe papelitos. Me han dicho que tiene broncas con gente de aquí. Es como medio loquito, tu amigo, se le cruzan los cables; se le fueron las cabras al monte.
–Tiene un par de tejas corridas en el techo, como mucha gente, pero no está loco, le dije.
–Entonces se hace el loco, para pasar la fiesta encuero. Que se cuide, puede meterse en líos.
Ese día acompañé a mi madre donde una tía. No se oía la música cuando regresamos, llegué a una esquina y vi a los últimos vecinos salir de la feria. El negro Adonai custodiaba la puerta. Yo no tenía sueño, me quedé sentado en un corredor escuchando walkman. Entonces vi a Foncho llegar a la puerta de la feria, iba a gritarle, pero decidí no hacerlo. El negro y él cruzaron palabras. Foncho sacó algo de su bolsillo y se lo entregó al negro Adonai, quien abrió la reja y lo dejó entrar. No esperé la salida de Foncho, duró mucho tiempo adentro. Me fui a dormir.
Días después, le pedí a Foncho que me acompañara a ver un partido de fútbol, pero dijo que estaba ocupado esa noche, que tal vez en otra ocasión. Esa noche me senté en la esquina, para ver si se repetía el misterio. De nuevo Alfonso apareció y el negro Adonai lo dejó entrar. La curiosidad pudo más que el sueño, prendí mi walkman dispuesto a esperar, y lo vi salir un par de horas después, casi de madrugada
Nos encontramos en una parada de buses. Hablamos de todo un poco, como en los viejos tiempos y creí que iba a comentarme algo sobre sus aventuras nocturnas. No dijo nada, yo tampoco dije nada de mis suposiciones. Cada quien vive su vida como quiere, o como puede, decía mi abuelo. Yo tenía mis propios líos, cuatro materias reprobadas en el colegio, y una nueva vecina que salía todas las noches a regar el antejardín.
Una tarde hacía labores de colegio en la casa, y una amiga de mi madre llegó de visita, a prestar algo de la cocina. Me saludó, felicito a mi madre por lo juicioso que me veía allí, rodeado de mis libros y cuadernos. Mi madre y yo nos vimos: Cuidado con el perro que muerde callado, dijo ella. La mujer me preguntó que si yo era amigo del Foncho, lo había visto varias veces conmigo en la calle. Yo le dije que sí, que lo conocía. Entonces ya debes saber lo que pasó anoche, agregó, me lo contó mi marido que regresaba de un turno, y lo vio todo.
Parece que este muchacho estaba de novio con esa muchacha de la feria, esa que es un fenómeno, yo la recuerdo, entré a verla una vez; qué cosa tan extraña. Pues la dueña del circo los sorprendió a los dos en la cama, y le dio un disparo en la pierna a él. Mi marido lo vio salir corriendo y cojeando, con la ropa en la mano. Te vuelvo a ver con ese muchacho, dijo mi madre, y te baño en agua caliente. Metió su mano en una olla, luego me miró y sacó por las patas a una gallina: era mi futuro, y se le estaban cayendo todas las plumas.
La feria no tardó en marcharse. Volvían entonces los partidos de fútbol. Un negro flaco -Silbido de culebra, le decían- con dientes blancos y grandes como fichas de dominó, ofrecía raspados para aliviar la sed y el calor. Movía la manivela y la cuchilla de la máquina arañaba el hielo, llenaba de nieve un cono de papel y luego le echaba jugos de miel y colores. Más de un Maradona jugó en esas canchas. Túneles, tacos, chilenas, bicicletas, tijeras, rompecinturas. Milagros sin prueba como los hechos de la Biblia.
Muchos de mis amigos se quedaron en los barrios ofreciendo loterías o vendiendo en carretas muebles de sala, espejos y aparejos de cocina. O se dedicaron a cambiar llantas en los talleres, levantando paredes para nuevos barrios. Otros se fueron a vender a las playas camisetas chinas, gafas de sol, tabacos cubanos. Oficios de aquí y de allá, de hoy sí, pero mañana quién sabe.
Entre cuentos y chismes de esquina, me enteré del resto de la historia de Alfonso. La Patrona largó de la feria al negro, el nuevo administrador era el muchacho pelirrojo, Jeyson, quien lo descubrió todo y se lo reveló a la Patrona. Maria Auxiliadora habló con la vieja, le dijo que se había enamorado, y que se iría a vivir con Alfonso. Más sabe el diablo por viejo, la Patrona sonrió, y le deseó buena suerte.
Maria fue a la casa de Foncho, tocó la puerta un largo rato, hasta que él apareció por la ventana y conversó con ella. Le dijo que mejor se olvidara de él, que estaba metido en muchos líos por su culpa, que ya no le gustaba, que lo dejara en paz. Imagino que Maria Auxiliadora lloró todo el camino de regreso, que los muchachos murmuraban en las esquinas y se reían al verla pasar; este barrio es así. Regresó donde la vieja Petrona, quien se echó a reír cuando María le contó. Lo sabía, gritaba la vieja, mientras se reía: Todos los hombres son iguales, dulces para pedir y amargos para pagar.
Después de eso Foncho desapareció del barrio. Decían que había dejado de estudiar, ahora se dedicaba a los negocios de su familia. Un día nos vimos en una calle del Centro y nos saludamos. Yo iba a pie, como siempre, y él en su moto veloz. Supe de su vida un par de años después, cuando vi su foto en el diario, y leí que había sobrevivido a un intento de homicidio, lo hallaron desangrándose porque lo habían castrado con un cuchillo.
El universo conspira en forma incomprensible, como cuando piensas en alguien y a los pocos minutos te tropiezas con ese alguien. Días después de leer la noticia sobre Alfonso, me topé en una calle con Cartucho, aquel payaso de la feria, quien había dejado la vida nómada. Ahora se llamaba Rafael y era rector de un colegio evangélico. Me invitó un refresco y una Biblia de bolsillo.
Le pregunté si recordaba a Foncho, si había leído la noticia. Me contó algo para no creer: El diablo pone las ollas en la candela, pero no les pone tapas, mi amigo. No hay nada oculto para Dios, ni para sus profetas, como yo. Recuerdas a la vieja Petrona, la dueña de la feria, ella vendió a la novia de tu amigo en un prostíbulo muy lujoso, aquí en centro de Cartagena, donde van políticos, millonarios y gente de la televisión. Conocí al dueño del sitio, un ciudadano ejemplar, muy influyente, que siempre vestía de blanco. Se enamoró de la niña y se la llevó a vivir con él. El viejo murió de un infarto y la dejó a ella con mucho dinero.
Qué sorpresa, le dije, las vueltas que da la vida. La historia no acaba allí, mi amigo, dijo Cartucho. Para salvar almas tienes que buscarlas en el infierno, entre policías, ladrones y asesinos, entonces escuchas las cosas que no salen en los diarios. Esta niña, María Auxiliadora, pudo localizar a tu amigo, Alfonso. Lo citó para reencontrarse en una casa lujosa. Él aceptó, seguramente se enteró de la buena suerte de ella. Venganza, sangre de amor perdido, quién sabe, después de estar juntos, la niña le dio un sedante en el whisky. Lo hallaron medio muerto, amordazado y atado a la cama.
Mi amigo, conozco el rencor de un corazón enamorado, estoy seguro que esperó a que despertara para castrarlo. La policía confirmó que las tripas se las echó a los perros. Llamó a una ambulancia antes de salir de la casa, quería que sobreviviera a su propia desgracia. Poco se sabe de ella, sacó mucho dinero de los bancos, y compró un pasaporte falso en el mercado negro, tal vez salió del país, quien sabe; se la tragó la tierra.

