Columnas • Febrero 2008
Saludos desde Chihuahua
I
Me encuentro en Chihuahua, mi ciudad de origen, una ciudad provinciana que crece desmesuradamente con centros comerciales y edificios de menos de dos pisos, volviendo el paisaje monótono y aburrido. Recuerda una de esas pequeñas ciudades norteamericanas del realismo sucio, abundante en espacio para la vista castigada por el sol y para las polvorientas y poderosas camionetas que rinden menos de dos kilómetros por litro. Acá no se puede hacer nada, no se puede leer, no se puede escribir. Situado muy al norte del país, la temperatura en estos días no ha subido más allá de los ocho grados centígrados; oscurece a las cinco de la tarde, y esas cosas, aunadas a la fantasía costumbrista del paisaje, me sumergen en un extraño sopor vital. De no ser porque en la casa de mi madre tenemos HBO ya me hubiera vuelto loco. Hace tiempo conocí un amigo que había vivido en Guatemala y a esa especie de sopor le adjudicaba su alcoholismo: “en Guatemala”, decía, “no hay otra cosa que hacer más que beber cerveza Gallo”. En Chihuahua no hay otra cosa que hacer más que beber cerveza Carta Blanca y ver “Rome” al lado de tu madre, en el sillón de la sala. Un retroceso vital, si me lo preguntan, sin implicaciones freudianas. No hay museos subsidiados, no hay cines subsidiados, no hay transporte publico subsidiado. Parece ser que para ganarse el escape del ocio en esta ciudad hay que ser un ciudadano decente y trabajador. Eso último nunca me ha salido muy bien.
La otra opción, por supuesto, es volverte narcotraficante. Desde que recuerdo hay narcos en esta ciudad, sólo que ahora hay más y a lo bestia. Es un fenómeno latinoamericano, supongo. Estoy seguro que si levantas una piedra dentro de un bar encuentras uno, generalmente gordo y feo, cargado de cadenas de oro y acompañado de una mujer hermosa con el cuerpo de supermodelo brasileña, o si no, con el culo más virtuoso y enhiesto que se haya visto, equiparable sólo al de alguna codiciada cantante negra de moda. Sí el observador tiene paciencia e instinto naturalista, a las pocas horas verá al espécimen en cuestión abordar una Hummer del año del brazo de la mujer antes mencionada, o sabrá Dios cómo funciona, de una de recambio conseguida dentro del bar al poco tiempo.
II.
La balanza: ver Rome con mi madre o leer The Eye, una pésima novelita de Nabokov de los años de Berlín, afrancesada y existencialista a más no poder en cuyo prologo presume que no le interesa ni la política ni la sociedad pero aprovecha para arrojarle mierda a la propaganda soviética (tan arrojable de mierda como una diana en un excusado) y después joderse a Marx con ese asunto tolstoiano de la casualidad y la historia…. Salgo entonces al bar con mis amigos de la adolescencia. La cerveza es cara y la música es fuerte, una polca refrita con sintetizadores a la que llaman “duranguense”. Las mujeres de cabello alaciado y uñas largas se mueven por entre las mesas y la pista de baile como misóginos y esculturales trofeos que cobraran vida.
El columnista, como Nabokov, puede fingir que le interesa un carájo el problema social del narcotráfico. El columnista, como Nabokov, puede fingir que no le importa lo permeada que está la política y la vida cotidiana de su ciudad natal por el narcotráfico. El columnista, como Nabokov, puede fingir un orgasmo si el editor lo requiere. Pero no esperen que se quede impávido ante ese desfile de mujeres hermosas salidas directamente de una telenovela colombiana.
Yo trato simplemente de aferrarme a mi cerveza y no ver hacia los lados, de no observar demasiado a la gente con ese habito molesto que tengo de pensar que después podría escribir una buena historia (un pensamiento falso e infructuoso), pero mi mejor amigo de la infancia, que milita ahora en el partido político gobernante del país, insiste en contarme todas las intrigas y peripecias del crimen y la política local. Es un caso perdido: en media hora veo más culos y cadenas de oro y me entero de más relatos de corrupción, intriga y muerte de los que siquiera había imaginado en todo un año.
Regresamos a casa en el Peugeot 2005 de un amigo, generosamente concedido una noche por su padre. Escuchamos a todo volumen música sierreña en el reproductor del automóvil. Sí la banda sinaloense es como el big band, la polca norteña como el rocanrol y el duranguense como el new wave, entonces la musica sierreña es el punk de la región. Dos guitarras y un bajosexto, con ocasionales requintos desafinados, se desgañitan en la grabación, casi siempre en vivo, en la que se pueden escuchar, como un plus, un sinfín de saludos de los músicos a sus parientes, a los presidentes municipales del lugar, a los dueños del local y al capo en turno que presida el evento y que tal vez financie la grabación.
Me entero de lo jodida que está la situación. Por allá en la década del 80 y hasta mediados de los 90, cuando los mexicanos del norte popularizamos esa basura digna de un genio llamada narcocorrido, las cosas eran muy distintas. Entonces las canciones hablaban de pequeños empresarios, por así decirlo, que a bordo de automóviles modificados por ellos mismos burlaban la ley y la muerte, pasando droga por la frontera. Mujeres disfrazadas de monjas que acababan con un batallon de policias, hombres que sembraban mariguana en una barranca y se morían defendiéndola porque su compadre los había traicionado, tipos a los que les rodeaban la casa decenas de federales y lograban escapar sembrando granadas por todo el lugar. Incluso hablaban de policias traicionados o de simples pistoleros a los que se les temía por su fama y sólo se les podía matar por la espalda. Acariciando sin asco y abiertamente el lugar común: era la edad de los héroes. En el Peugeot escuché de organizaciones de hombres que volaban helicópteros con bazookas y de unos tipos a los que detienen los federales en la carretera, le pasan a los agentes el teléfono celular y los dejan ir cagados de miedo. “Que el águila blanca viva cien años”, se despiden los federales con un místico saludo que recuerda a los fascismos europeos. ¿Y las persecuciones? ¿Y la acción? ¿El hombre que se hace a sí mismo? Joder, una bala cuando menos. El poder mata a la poesía.
III.
El calefactor está prendido al tope, el french poddle de mi madre tiene una exhibición erótica con un oso de peluche recuerdo de una chica que me gustaba hace muchos años y Marco Antonio, con los ojos pintados como una prostituta egipcia, se arroja contra una bien construida espada romana. Octavio está a las puertas de la ciudad mientras Lucius Vorenus lava el cuerpo de su general. Despinta sus ojos, lo desviste de sus ropas de sacerdote y lo vuelve a vestir con pludamentum. “Murió como un romano”, es el informe, y yo, lacrimógenamente, me alcanzo una Carta Blanca.
