Blog • Febrero 2008
Martin Amis en Barcelona
Martin Amis es pequeño -infinitamente pequeño- y arrastra sus pequeños pies enfundados en pequeños zapatos puntiagudos de cuero negro por el lobby de la Biblioteca Jaume Fuster, donde llega acompañado de Rodrigo Fresán y una señora muy elegante de ojos verdes y un vestido carísimo que debe ser alguna funcionaria de su editorial en español. Martin Amis es pequeño y caminando junto a Fresán luce doblemente pequeño. Es impactante descubrir que es así: Leyéndolo siempre lo imaginé de dos metros.
Amis baja las escaleras hacia el auditorio y pasa junto a la larga fila donde todos los que no somos amigos de alguien debemos esperar. Una de cada tres personas es amiga de alguien, o de alguien que conoce a alguien, y eso le garantiza -por supuesto- trato preferencial. Amis pasa -diminuto- entre los amigos de los amigos de los amigos de los amigos de Herralde que no tienen que hacer fila y pareciera que nadie lo nota. Yo creo que todos buscan -como yo- a alguien distinto. Nadie se imagina que ese señor un poco canoso de nariz puntiaguda y colorada de duende y cejas despeinadas, ese señor literalmente cubierto por un sobretodo azul muy grueso y largo que apenas deja a la vista sus pies, sea el autor de London Fields y Time’s Arrow, pero ese es.
Y no es sólo su estatura lo que impacta, también contribuye su tono dulce y calmado al hablar, totalmente ajeno a su fama de opinador controversial y hasta agresivo. De alguien que ha sido llamado misógino, racista, guerrerista y demás uno siempre espera una especie de monstruo lleno de rabia, pero Martin Amis no es así. Martin Amis escucha la presentación de Fresán, pide disculpas por no hablar en español, y luego responde una confusa pregunta del argentino sobre el momento cuando un escritor debe dejar de escribir. «Mi padre,» responde, «murió de setenta y tres años y durante sus últimos años estuvo muy enfermo, se volvió loco, no podía escribir. Sin embargo, hasta el último día, insistió en sentarse frente a su máquina de escribir a teclear. Sólo escribía una palabra: Seagull. Esos pájaros que abundan en Londres.» Y prosigue: «Yo tengo cincuenta y ocho años y cuando cerraba mis cuarenta tuve la crisis que tenemos todos, la de la edad madura. La crisis donde descubrimos que la muerte no es un rumor. Entonces todo cae y sufrimos y pensamos que es el fin, pero luego, ya en los cincuenta, descubrimos un impulso inesperado en algo que hasta entonces habíamos ignorado: El peso del pasado. Llegamos a un punto de la vida donde nuestro pasado es tan vasto que nos revive y emociona. Luego, por supuesto, al final de los cincuenta, entramos en otra crisis, la de envejecer. Y me imagino que luego viene una que combina las dos: Envejecer y morir. Alguien dijo que la juventud es ese estado en el que tú te miras al espejo y piensas que todo el mundo envejece excepto tú. Pero eso se acaba. Cuando uno es joven, antes de los veinte, llega un momento de la vida donde se hace conciente de sí mismo y empieza a autoexplorarse y a escribirse. Escribe pequeñas cosas, relatos, poemas, y generalmente hacia los veintiuno o veintidos deja de hacerlo. Los escritores son esas personas que nunca superan esa etapa, que siempre siguen escribiéndose, que cruzan todas las crisis y persisten en mirarse y mirarse y explorarse. Y nunca se rinden. Así lleguen a ese punto cuando sólo pueden escribir una palabra.»
Y así son todas las respuestas de Amis: Largas reflexiones acumulativas. Largas y muy lentas. Pensadas. Fresán le pregunta por su relación con Rusia y Amis le dice que Rusia es como la vía lactea: tiene un agujero negro en el centro que la mantiene unida pese a sí misma («¿No es absurdo que hoy en día en Rusia se le rinda culto a Stalin pese a haber matado a treinta millones de rusos?»). Luego Amis habla -tiene que hacerlo- de su tensa relación actual con el Islam y sus peleas en Inglaterra. También habla de Estados Unidos y los peligros del multiculturalismo tal y como es planteado por las academias de lo políticamente correcto. «¿Por qué es tan dificil hoy en día reconocerse moralmente superiores a, digamos, los talibanes?» En algún momento propone una clasificación para la novela rusa: O es Dostoyevski (la locura), o es Tolstoi (la lucidez) o es Gogol (???). De ahí salta de nuevo a su relación con Rusia, a su infancia en los albores de la guerra fría («Yo nací cuatro días antes de que se iniciara,» asegura), de su júbilo en 1989 y el regreso del miedo que siguió al once de septiembre de 2001.
La charla dura cerca de una hora. Amis habla de su paso reciente por Uruguay, donde vivió mientras escribía House of Meetings (traducida al español por Jesús Zulaika para Anagrama), y de lo mucho que le costó escribir esta novela: «Al leer una novela uno a veces tiene la sensación de que el autor no aprehendió la experiencia que describe, que luce impostada. Hay experiencias que hay que ganar para poder contarlas. Escribir bien no es sólo estilo, es necesario lograr cierto ambiente y en algunas ocasiones la única solución a ese problema es sufrir. Sufrir y mentalizar ese sufrimiento para poder escribir. Yo no puedo inscribirme en un Gulag por tres meses, así que necesitaba aprender a sufrir todo eso en mi estudio. Y Uruguay es un país precioso, de gente maravillosa, donde es muy -muy- dificil sufrir. Cuando terminé la novela y recibí las pruebas de imprenta, me sorprendí mucho: Esta novela parece escrita por otra persona.»
Sobre releerse dijo: «Hace algún tiempo uno de mis pasatiempos favoritos era encerrarme en mi estudio, prender un cigarrillo de marihuana, abrir una botella de vino y leer mis novelas por cinco horas. Era delicioso. Ahora, sin embargo, me cuesta hacerlo. Con los años me he vuelto muy quisquilloso y rápidamente encuentro errores en mis textos que me avergüenzan. Errores de pérdida de tono, de quiebre de la fluidez. No puedo disfrutarlo.»
Durante la sesión de preguntas de cierre, alguien le preguntó por sus controversiales clases de escritura creativa en la Universidad de Manchester. Le preguntó, específicamente, si él pensaba que esas clases servían para algo. Amis le respondió que cuando tenía veinticinco años le habría venido bien contar con alguien como él para que lo guiara en las cosas que los escritores se pueden guiar. «Nabokov decía que todo es talento, pero hay ciertas cosas del oficio que pueden aprenderse y enseñarse. De todas maneras, mis clases se centran más en la lectura de textos que en la escritura. Yo propongo textos y los leo con mis estudiantes. Propongo Pride and Prejudice e insisto en leer los textos no identificándose con Lizzy o con Darcy sino con Jane Austen. El propósito de mis cursos es aprender a leer desde la perspectiva del escritor. Para poder escribir se necesita leer, escribir y también vivir -es imposible escribir sin tener un poco de vida-, pero saber leer es crucial. Un prospecto de escritor que sabe leer de esa manera ya tiene mucho ganado.»



Febrero 26, 2008 a las 9:00 pm
Muy buena crónica. Yo también lo imaginaba de dos metros.
Febrero 27, 2008 a las 12:39 am
Felicidades Javier, me ha encantado la crónica. ¿Se lee diferente a un autor cuando se le conoce?
Febrero 27, 2008 a las 12:49 am
No sé, David. No siento que lo haya conocido tras verlo hablar una hora en un escenario.
Me alegra que te guste la croniquita.
Febrero 27, 2008 a las 1:17 pm
Enlace desde Meneame.
Febrero 28, 2008 a las 2:35 pm
Me habría gustado tanto haber visto siquiera -sin más- el nombre del traductor, que tanto sufrió y gozó al traducir esta dificilísima novela.
El traductor -coincide- soy yo.
Pero me pasa con todas las obras que no están escritas originalmente en castellano.
Qué le vamos a hacer… Aunque uno no se resigna nunca del todo.
Febrero 28, 2008 a las 3:06 pm
Fair enough, Jesús. Ahí tienes tu nombre. Felicidades por la traducción.
Marzo 26, 2008 a las 9:06 am
[...] via: Hermano Cerdo [...]