Cuento • Febrero 2008

Algún día, dentro de poco, perderé a A para siempre.

Ascensión

Por Diego Patiño

Diego Patiño, Sedición, 2007

Despierto en casa de A. Vine aquí directo desde el aeropuerto después de aterrizar. Necesitaba descansar. En casa me encontrarían. El teléfono bufa sobre la mesa de noche. Detesto que suceda cuando duermo. Empieza como un eco en la distancia y se convierte en un graznido radioactivo en el tímpano. Debí apagarlo.

Necesito un vaso de agua. El rostro me duele. El asalto. Maldito congreso. Todo es culpa de E. ¿Dónde está A? Me encuentro recostado en el sofá de su sala. Tomo el teléfono celular. Tres llamadas perdidas. No tengo el menor interés en saber quién las hizo. Estoy descalzo y me han cubierto con una frazada. El celular vuelve a vibrar. Se calla. Cuatro llamadas perdidas.

Quisiera cerrar los ojos y dormir de nuevo. ¿Quién me estará buscando? ¿A? No puede ser. Hay ruidos en la cocina, así que ella está en casa. Ha vuelto del trabajo. Me dormí con la boca abierta y he babeado sobre uno de los cojines como un perfecto mongoloide.

Debe ser E. Querrá saber cómo me fue en el congreso. Si me entraran las ganas de contestarle le diría, Mira E, considerando el hecho de que no vendimos tantos títulos como esperábamos y que los distribuidores quieren subir su porcentaje, como las viles sanguijuelas que son, pues te diría que bastante mal.

Si quieren hablar conmigo que dejen un mensaje. Necesito descansar. Todavía estoy magullado.

A me acaricia la frente, ¿Estás despierto? Trae el pelo recogido y ha dejado una bandeja sobre la mesa de centro. Me limpio los ojos y me incorporo. Le sonrío y quiero hablarle, pero tengo la boca pastosa. No me lavo los dientes desde que salí del hotel esta mañana. Bostezo. Me cubro la boca: hiede.

Sobre la bandeja, A ha puesto un plato de cereal de arroz crujiente bañado en chocolate, servido como en los comerciales de la televisión: una ínsula de granos tostados en un mar de leche. Sabe que son mis favoritos.

Caíste como una roca, dice. Pero no me dejan descansar, le respondo enseñándole el celular. De cualquier forma ya te iba a despertar, llevas muchas horas dormido. Te encontré fundido sobre el sofá, dice A, Una grata sorpresa. Vamos a un hospital a que te revisen. Te ves terrible, ¿presentaste la denuncia?

Le digo la verdad, que no lo hice, pero que estoy bien y que el médico del hotel hizo un trabajo formidable. Además no los vi bien, un montón de niños, todos iguales, como una pandilla de zancudos chupándome la sangre desde todos los flancos. No te preocupes, no se llevaron nada importante, sólo dinero.

Pasea su pulgar izquierdo por mi ceja abierta y mi labio roto. Me gusta encontrarte en casa, dice, Cuando te digo que es una grata sorpresa es porque es verdad.

Miro por las ventanas y descubro que la noche se ha tragado al día. La curiosidad me gana y tomo el móvil. Las llamadas perdidas no son de E sino de L, su hija.

El teléfono vibra de nuevo. Lo dicho: L. No sé si quiero contestarle. Es decir, quiero hacerlo pero estoy con A y a ella nunca le agradó L. L me preguntará cómo me fue, le dará vueltas a la conversación y la rematará pidiéndome que nos veamos. Yo le diré que no y me inventaré una excusa para no hacerlo.

Entonces contesto: ¡Hey! ¡Hey!, me responde ella.

Y no sucede como en las películas. No me alejo de A para decirle a L que no es momento de llamarme. Sigo la conversación como si nada. El pudor es más delator que la culpa. No hay que usar pinzas para algo que se puede coger con la mano.

L suena deprimida. A se sienta a mi lado y sonríe. L es más hermosa que A, pero A cuida de mí como L nunca podría hacerlo. L es un gato y A, un perro.

Mientras hablamos, L se pasea por un montón de obviedades antes de ir al grano. Querrá verme. Lo creo porque yo quiero hacerlo y me gusta pensar que ella también lo desea. Pero esta noche estoy con A, en su casa, desembarcado directo desde el aeropuerto porque necesitaba un lugar donde escampar después de someterme a las inclemencias de un estúpido congreso de la estúpida industria editorial. No, no puedo hacerle eso a A. No puedo ponerme los zapatos y decirle que regreso más tarde, dejándola plantada con una isla de arroz tostado bañado en chocolate y un mar de leche que eran para mí. Quiero ver a L. Le tiembla la voz y por un segundo logro borrarme de la cabeza lo que pasó la semana pasada.

Me desperezo. Estiro el cuerpo y A me acerca una mesa portátil con el plato de cereal y una cuchara.

Insisto y le pregunto a L si está bien. A mira de reojo. L pregunta dónde estoy. Ha estado llamándome todo el día. Le digo que sigo en el congreso. Nunca supiste mentir, dice. Ella lo sabe porque su padre me mandó allá. Estúpido yo. El congreso terminó ayer y mi vuelo estaba plantillado para esta mañana. Ella lo sabe porque E lo sabe. Estoy agotado, le digo. Veo, me responde, como quien no quiere entender. Es terca, como un gato que camina como un gran hombre malo.

A me da un beso en la mejilla y se acurruca a mi lado como un pájaro en un nido. Este es mi nido. El nido que no debo dejar. Enciende la televisión pero el volumen está tan alto que revienta contra las esquinas de la sala. La excusa ideal para ponerme de pie e ir a la cocina. Le digo a L que estoy solo. Tenemos que hablar, dice, y me pregunto qué tan cierto es. Faltan dos semanas para casarme con A y podría renunciar mañana si quisiera: a la oficina, a E y a L. Tengo suficientes ahorros para alejarme de ese clan de lunáticos. No más depravaciones. Me pregunto si L está embarazada.

No quiero hacerlo pero le digo que sí, que es importante que hablemos. Mentir proporciona balance. La gente detesta admitirlo porque no quiere darse cuenta de lo poco que en realidad está en sus manos. Hoy, dice L. Imposible, refuto, Estoy con A. Me pregunta quién es A y se lo digo. ¿Con la que te vas a casar? Tú sabes que sí, le digo. A L y a mí nos gusta hacernos daño y por eso me pregunta quién es A.

Quién es A. ¿A quién le importa?

L solía buscarme después del trabajo. Me montaba en su carro y nos íbamos derecho a su apartamento o al mío, sin paradas. Yo llamaba a A, Corazón, lo siento, esta noche me demoro. En ocasiones no podíamos contenernos. La silla del copiloto, el ascensor, los corredores de servicio, la poltrona de descanso en la oficina de E.

Mientras hablo con L trato de elaborar una mentira.

Querida A: Debo firmar unos papeles.

Querida A: Debo despachar un envío urgente.

Querida A: Debo acostarme con L.

Vuelvo a la sala y observo a A desde la puerta. No sospecha nada. Ella me mira con felicidad por saber que ese día huí de todo para buscarla y acurrucarnos en nuestro nido ubicado en la cima de una montaña de arroz tostado y bañado en chocolate, en medio de un infranqueable mar de leche. No puedo hacerle esto a A. Pero puedo mentir. Decepcionarla de nuevo. A veces quisiera que A no existiera. Nos podemos ver un rato, le digo a L en un tono más baja. Mentiré. Mentir destruye. Cuelgo.

Tengo que ir a la oficina, digo. Y algo sucede en el rostro de A. Algo sutil y horrible. Se derrite sin derretirse, se rompe sin romperse, se entumece y se doblega en el silencio. Quiero sacudirla y decirle que me detenga, que se enfurezca, que me diga que lo sabe todo y que no quiere perderme.

Pero sólo voltea el rostro hacia la televisión y se queda con los ojos diluidos en una película zombis.

Entro al baño, hago buches con agua y me pregunto mientras escupo si de veras quiero dejar sola a A. ¿De verdad quiero dejar sola a A? No importa. Es una decisión estúpida, lo sé. Es mi decisión estúpida. Este es mi error y hay que cometerlo bien.

Algún día, dentro de poco, perderé a A para siempre. Después de hoy, ella no querrá casarse y al nido lo arrastrará una marejada de leche. Lo presiento. Lo sé. Así lo quiero.

Ella se irá con su amigo, el arquitecto. El que le pone atención. El que le arregla los empaques de las tuberías. Con quien va al cine, a tomar un café o a ver una exposición cuando yo me quedo en la oficina, usando la poltrona de E, y le digo, No me llames, la recepcionista a esta hora ya no trabaja. El mismo con el que seguramente salió de paseo y a cenar mientras yo me entendía con toda suerte de ladrones (los callejeros y los distribuidores) durante la semanita en el infierno a la que me empujó E.

Le beso la frente. La miro a los ojos y le miento de nuevo, No me demoro. Salgo de su casa. Me detengo en el jardín y la veo desde afuera. La marea sube. No me mira, no me extraña. Los zombis en la televisión son mejores que yo. Sólo acerca la mesita portátil hacia ella, toma la cuchara y se queda sola, con un nido vacío en la cima de una isla de arroz tostado bañado en chocolate, apunto de ser arrasada por un tsunami de leche.

El viaje hasta donde de L me toma veinte minutos desde la casa de A. Tengo suerte. Pocos viajan hacia el sur. Conduzco rápido y repito una y otra vez la misma canción atorada en la radio del coche.

…Sweeter than wine/Softer than a summer night/ Everything I want I have whenever I hold you tight/ This magic moment/ So different and so new…

Estaciono mi auto frente al edificio de L y atravieso la calle.

El portero no me reconoce. Soy amigo de L, le digo, Seguro que me ha visto, e intento ser amistoso, Porque yo lo he visto a usted. Pero él hace un gesto como de querer escupirme y me dice que espere. Está hablando por el citófono y se ve forzado a terminar su conversación. Odia que lo interrumpa mientras habla con su propia L, con su propia A. Se despide y manda un beso virtual que viaja por los cables de cobre como una reproducción electrónica de amor hasta el oído de su propia L, de su propia A.

Ahora sí, me dice, ¿Para dónde va? Se lo repito, voy para donde L. De nuevo me atornilla con la mirada al piso. Se hace el difícil, exuda pereza y cada uno de los músculos que emplea para levantar el auricular y marcar un botón pesa entre dos y tres toneladas. El botón se hunde lento. Esperamos un rato. No hay nadie, sentencia. Sé que miente: ha marcado mal. Le he visto desviar los dedos al número del apartamento de algún vecino ausente. Los porteros lo saben todo. Son cancerberos. Si le cayera bien me diría incluso que estacionara el auto en el garaje, Tranquilo, los del 204 no están. Ah, muchas gracias, espero que no sea ninguna molestia. Para nada, adelante.

Pero no es así, y tampoco tengo tiempo para lidiar con un cancerbero estúpido.

Le marco a L por el celular y cuando contesta no escatimo en insultos contra el guardián de su edificio. El citófono suena y desde el otro lado de la línea, a través de los mismos cables por los que hasta hace poco enviaba y recibía amor electrónico, L le envía un regaño virtual que se le siembra en el oído como agujas. Me dice que siga y me habla como si fuera una gracia que todavía dependiera de él.

La puerta está abierta. Entro y la cierro. Cuelgo la chaqueta y me desamarro los zapatos. Me quito el jersey y me saco la camisa del pantalón. La llamo. No me responde. Casi todas las luces están apagadas. Oigo un murmullo en su cuarto. L conversa con alguien y la tele está sintonizada en la misma peli de zombis con la que abandoné a A. ¿Hay alguien más? Quizá es E, que quiere jugar con nosotros. Me lo encontraré empotrado en un sillón de cuero, en la penumbra, fumando una pipa de hachís, mientras le ordena a su hija que desvista. Imagino que L me ha citado para terminar lo que empezamos hace una semana. Me indispongo y disminuyo la marcha. ¿Y si está embarazada? ¿Y si es de eso de lo que me quiere hablar?

Pero el quizá no importa. No demasiado en cualquier caso, porque después de todo estoy aquí, en casa de L, pensando cada paso mientras avanzo hacia ella. L, dos puntos, eres como meter los dedos en la licuadora y la lengua en el enchufe de luz al tiempo. El vidrio escondido en la arena de la playa. El accidente a punto de pasar.

Tal vez L y su papá tengan una laminita de LSD o una pastilla de X o algunos cristales y un tanto de polvo de ángel para que nada importe. Para darle gusto al viejo. Si lo que quiere es ver a su hija follar con uno de sus empleados, es lo que va a tener. Si a cierta edad es lo que causa placer, ¿quiénes somos nosotros, joven carne de cañón, para decir lo contrario? No puedo decir que quiera aceptar, pero tampoco estoy seguro de rehusarme como la semana pasada. Tal vez esta vez pueda terminar y todos tengamos un secretito que guardar.

Cruzo el umbral. La cama está a medio tender. L ha estado metida entre las sábanas por largo rato. Todo huele a ella. A una deliciosa concentración de ella. Las persianas están bajas y el sillón de cuero, vacío. L habla por teléfono y sobre la cama hay un libro abierto y un plato con restos de pasta. Quiero que cuelgue, que venga hacia mí y me bese. Que se saque la ropa y me deje probarla milímetro a milímetro.

Se voltea en cuanto me ve reflejado en el cristal del tocador. Ignoro con quién habla pero le dice que sí, que ya llegué y que vamos para allá. Agrega otras dos frases y se despide. No se escucha tan triste como cuando hablamos hace un rato. Se ve mejor, L siempre se ve mejor de lo que se oye. Le hago un gesto con las manos de que me espere y salgo de cuarto. Voy a la cocina, abro la nevera y saco una cerveza. La destapo y me paso dos enormes sorbos que me carcomen el paladar. Tomo otro sorbo y me asomo por la ventana. Mi auto está bien. Me pregunto qué diablos estaré haciendo, a qué he venido. ¿Qué será de A?

Los brazos de L me envuelven desde atrás. Gimo. Las costillas me matan. L pregunta qué sucede. Lo hace sin preocupación, como iniciando una conversación cualquiera. Intentaron atracarme durante el congreso al que me envió tu papá, le digo. Me abraza más fuerte y pregunta si lo consiguieron, si lograron atracarme. Le digo que lo intentaron y que además lo lograron, con creces. No les bastó con vaciarme la billetera, le digo, Sino que tuvieron que poner a prueba la resistencia de mi carne y huesos. Chiquillos. Una escena terrible. Eran probablemente diez, liderados por un enano. ¿Un enano?, pregunta ella extrañada. Enano y contrahecho. Quién lo diría, asaltado por una pandilla del infierno, le digo. Ella me besa el cuello y ríe, pero cuando me hace girar y ve mi rostro, deja de hacerlo. Alguien debería verte. Ya lo hicieron, en el hotel. Incluso me vacunaron. No hay de qué preocuparse, le digo, En serio estoy bien. Pasea su pulgar izquierdo por mi ceja abierta y mi labio roto.

Me pregunta por el resto del viaje y le digo que debió haber ido conmigo. Me dice que no, que ni modo, que no querría verse como me veo ahora. Vuelve a reír. La miro sólo para saber que no puedo esconderme más el hecho de que la amo, de lejos, más que A. Quiero decírselo, pero sólo la beso.

Le confieso que guardaba la esperanza de encontrármela en casa con alguna de sus retorcidas propuestas. Que esperaba encontrarme a E sentado en su poltrona de cuero, fumando su pipa de hachís, listo para ver a su hija ser penetrada por uno de sus empleados favoritos y terminar de una buena vez con su frustrada fantasía de hace una semana. A L no le gusta que sea tan explícito. Pero me dice que sí, Es papá la razón por la que te llamé, aunque no por lo que te imaginas.

Algo me dice que no está embarazada y respiro tranquilo. No se lo digo.

Ponte los zapatos. Quiere verte. Le pregunto si de veras está segura de que no vamos a jugar alguna de sus travesuras diabólicas, porque la verdad es que ya no me siento muy seguro de querer hacerlo. Me dice que no, que E está enfermo y que quiere verme y si eso me molesta tanto nunca debí involucrarme con ella. Su mirada es igual a la de A cuando me fui, pidiéndome que me quedara. Entonces me disculpo, Tienes razón, y le pregunto si todo está bien. Me dice que no y me abraza antes de empezar a temblar descontroladamente. Despedaza mis costillas y siento la humedad de sus lágrimas creciendo por la tela de mi camisa hasta tocar mi piel. Dime qué pasa.

Vámonos ya, papá quiere verte.

Recogemos sus cosas y salimos. Cuando el cancerbero estúpido nos ve, hace un gesto reverencial. Se despide pero ninguno de los dos le devolvemos la atención. Entramos al auto. Te estuve buscando como una demente, me dice. Lo sé, respondo. Encontré varias llamadas tuyas perdidas, me pudiste dejar un mensaje.

No lo hubieras escuchado, me corrige con razón. Le digo que estaba dormido y que no fue sino hasta la quinta llamada que el vibrador del celular me despertó. Por un instante sospecho que va a decirme por dónde puedo meterme el vibrador del teléfono móvil la próxima vez que no quiera contestarle, pero guarda silencio.

Le cuento de un extraño sueño que tuve antes de despertar y le digo que estoy agradecido con ella por haberme arrancado de las garras de semejante pesadilla. Se ríe sin creérselo, como siguiendo la conversación, y creo que sólo intenta no pensar en eso que todavía calla. Simplemente te arranqué de una pesadilla para arrastrarte a otra, me advierte desde otra dimensión. No sé qué responderle.

Algo en el fondo me dice que no debí abandonar a A. Otro algo, sin embargo, me mata de curiosidad y me arrastra en este espiral en el que nunca se termina de caer tan bajo, en el que siempre hay otro escalón al que se puede rodar con el estómago retorcido de emoción mientras se piensa en lo mágico de este momento, tan distinto, tan nuevo.

Llamo a A y cuando contesta, le miento. Mentir proporciona equilibrio. Mentir destruye. Le digo que puede esperarme despierta, que no me voy a demorar. Pero ella me pide que no me preocupe, que un amigo suyo va a recogerla para ir al cine. No le pregunto qué amigo es porque ya lo sé. Percibe mi irritación silente y me dispara una frase diseñada para enhebrar más odios, Pero si quieres el digo que no. Yo me muerdo la lengua y miro a L. Se come la uña del dedo pulgar derecho mientras mira por la ventana del copiloto. Entonces lo entiendo: mi accidente con A debe seguir su destino. No me resigno. Lo acepto y le digo que vaya al cine, que no se preocupe, y por primera vez en un largo trayecto de mentiras, le digo la verdad: diviértete sin mí.

Llegamos a casa de E. El tiempo ha pasado muy lento y en este lugar parece detenerse aún más. Tiempo extraño. Tiempo lerdo. Las puertas automáticas de la entrada se abren como las fauces de un enorme depredador. La casa de E siempre me ha dado escalofríos y, tal vez, si decido quedarme con L, algún día será mía.

Un mayordomo anciano y una mucama negra nos esperan en la puerta. Polidoro y Camelia. El doctor está viendo a su padre, le dice el viejo a L, Saldrá en un rato. Tal vez quiera que te eche un vistazo, me dice ella, Tu ceja sigue abierta. Pero niego con la cabeza y ella le dice a Polidoro que estaremos en la biblioteca.

Su hermana está en la biblioteca, responde el mayordomo. L se detiene en seco. Me toma de la mano con fuerza, piensa por unos segundos y reemprende la marcha.

La puerta de la biblioteca está a medio abrir. El calor dentro de la casa es insoportable. Sobre una de las paredes pobladas de libros, una sombra se mueve inquieta. L toma el domo y empuja la puerta con delicadeza y apenas si se asoma. Siento que desea haberlo pensado dos veces antes de hacerlo. Aprieta mi mano y siento su pulso acelerado. Suda y por un momento creo que mi mano se va deslizar entre la suya.

No logro ver qué pasa. Deben estarse viendo fijamente porque la sombra también se petrifica. Hace años que no hablan. L tiene la cabeza por dentro de la estancia y el resto del cuerpo, junto conmigo, en el corredor. Me siento incómodo. Camelia me mira desde la distancia, como un fantasma esperando una revelación.

L me aprieta con más fuerza. Me pregunto si se siguen odiando. Su nombre es V, si mal no recuerdo. No se dicen nada. L se echa hacia atrás y cierra la puerta.

Subimos las escaleras y llegamos a una habitación en donde nunca he estado. Enciende la luz y cierra la puerta. Su antiguo cuarto. Hay fotos de L pequeña, L vestida como colegiala y L disfrazada de algo que puede ser un perro, un lobo o un conejo. Hay afiches, cuadros de exposiciones y un lienzo pintado por ella. Las paredes están forradas en tapicería verde de arabescos. En realidad todo es verde: las cortinas, las sábanas, las puertas del armario, el sofá de la esquina. L levanta el teléfono y le avisa a Polidoro que estamos en su cuarto.

Debe ser muy grave lo que está sucediendo para que su hermana esté en casa. No se han hablado en años. Es hija del primer matrimonio de E y no quiero saber por qué se odian tanto. Conociendo a E y conociendo a L, no me interesa. Puedo imaginarlo. Cualquier turbia y ensortijada imagen que tenga en la mente, estoy seguro, se quedaría corta.

Me quito la chaqueta. Camelia toca la puerta y pregunta si queremos algo. Yo sí, le digo a L. No me digas a mí, puedes pedírselo a ella, me dice L. Le pido cualquier cosa fría. ¿Una limonada? Una limonada fría está bien, respondo, Con mucha azúcar, en cantidades industriales, por favor. Camelia se retira y nos encierra de nuevo. L se echa en la cama y me pide que la abrace. Por tercera vez en el día, me quito los zapatos y el saco. El calor es infernal y se lo digo a L. Es por papá, la calefacción debe estar alta. La intriga me asalta de nuevo. Me desapunto un botón más de la camisa. Nos arrunchamos. L llora. Le beso el cuello y la abrazo. Me aprieto con fuerza contra su trasero y espalda. Nos amoldamos perfectamente y consiento su pelo entre mis dedos. Beso el lóbulo de su oreja y le digo que todo va a estar bien. Tal vez miento. Mentir proporciona equilibrio.

Acaricio sus muslos. Ella voltea su cara hacia mí, agarra mi cabeza y me da un beso. Pongo una de mis manos entre sus piernas. La otra se la paso por debajo de la camiseta. Acaricio sus senos. No usa brasier. Nunca lo ha hecho. L gime. Baja las manos y se desabotona el bluejean. Tiene los pezones duros. Se baja los pantalones hasta las rodillas y me pide que la toque. Lo hago despacio, como reconociendo un terreno delicioso en el que nunca he estado pero que, sin embargo, he pisado cientos de veces. La toco lentamente. Su humedad es absorbente, densa y se traga mis dedos, como si fuera nuestra primera vez. Siempre es una primera vez con L. Un momento mágico, tan diferente y tan nuevo.

Me quito la camisa. La sigo besando. L llora y gime. Me desabotono el pantalón y bajo la cremallera. Remuevo sus calzones hacia un lado y la empiezo a lamer. L gime. Gime y llora. Le penetro con mi lengua. Beso su pubis, beso su ombligo y su vientre. Al pasar por sus senos, los besos tiernos estallan y dan paso a lengüetazos brutales. Lamo su cuello y lo muerdo. Lamo su rostro con violencia. Ella me lame de vuelta. La giro bocabajo y de un tirón arranco su ropa interior. La tomo con violencia y le penetro desde atrás. L se deja ir, sólo llora y gime. Pienso en años de evolución. Pienso en el origen de las especies y en una explanada africana. Pienso en las sabanas infinitas, en la violencia de la naturaleza y en tristes leones de pradera copulando, aburridos y raquíticos, con sus leonas de ocasión bostezando durante el acto.

Inserto mi pulgar en su boca y ella lo chupa cariñosamente. Pienso por un segundo que la estoy violando, que es mi leona de ocasión y eso me excita más. Estoy en la gran pradera africana, veo el Kilimanjaro y sé que estoy lejos de mi isla de arroz tostado bañado de chocolate, lejos de mi mar de leche, lejos del desastre.

No decimos nada. Cada detalle en su cuarto parece sobresalir. Su antiguo cuarto. Las cortinas, las sábanas, el armario y el sofá de la esquina. Todo es verde y hay fotos, muchas fotos de L pequeña, L vestida como colegiala, L disfrazada de gato, L tendida en la cama disfrazada de leona. Estoy muy adentro de ella y me lo dice. Le gusta.

Siento pasos detrás de la puerta. Pasos que se detienen por un rato para luego retirarse. Camelia y mi limonada, supongo. La madera del piso chirrea. Debo parar. L es un gato. L es un gato que camina como un gran hombre malo.

Estoy en casa, sentado en el estudio. Miro al vacío. El reloj parece ser lo único vivo alrededor. Los segundos son extraños y retumban en un eco que hace parecer el estudio más grande de lo que es. Me pongo de pie y camino. Me detengo en el corredor. Escucho el baño gotear. Tal vez una fuga, un empaque no arreglado. Cada paso es más oscuro que el anterior. El goteo se incrementa. La puerta del baño está cerrada pero el sonido está en todas partes. Abro la puerta con lentitud. Enciendo la luz y encuentro un niño lamiendo el agua de la taza del inodoro. Es un niño enano. Lo ordeno que se detenga y él lo hace. Me mira, ríe y me apunta con el dedo. Lo sacude hacia los lados, negando.

Cuando despierto, L está a mi lado, dormida. El insoportable calor me hace pensar que estoy en otro lugar. L tiene puesta una camiseta negra que la cubre hasta los muslos. Me estrujo contra ella por un largo rato.

Necesito ir al baño. Salgo de la habitación y me encuentro con Polidoro y el doctor. Hablan justo enfrente de la habitación cerrada de E. Polidoro advierte mi presencia. No quisimos despertarlos, joven. La señorita L parecía estar muy cansada. ¿Está E bien?, pregunto. Polidoro mira al doctor. Creo que no conoce al doctor, me dice. Mi nombre es M, se presenta. Claro, le digo, Lo he visto en un par de fiestas. Asumo que es el médico de confianza de la familia. El hombre asiente amigablemente y señala mi rostro, Puedo echarle un vistazo. No sé de qué habla. ¡Oh, mis heridas! Le doy las gracias y le digo que estoy bien, que no se preocupe. Polidoro interviene. El joven es el novio de la señorita L, además trabaja para el señor E: es muy allegado a la familia. No querrán saber qué tan allegado soy, de eso estoy seguro. No me molesto en corregir al mayordomo: L no es mi chica. El doctor prosigue, Me temo que E se encuentra en un estado bastante avanzado de su enfermedad.

No sabía que estuviera enfermo. L nunca mencionó nada y E jamás lo demostró. Tal vez un poco irritable últimamente, pero no más.

Ha estado así por cerca de un año. La condición ha estado dormida pero latente durante este tiempo. La última semana, sin embargo, lo inevitable se abrió paso, dice M.

¿Un virus, una bacteria?, pregunto. Puede ser cualquier cosa, por lo pronto sabemos que no es contagioso. Degenerativo pero en ningún caso contagioso. Tampoco hemos podido determinar su origen. Lo único que podemos hacer en este momento es que las condiciones sean más plácidas para él. El fin parece inminente. La situación es más seria de lo que L me permitió saber.

¿Cuándo podré verlo?, L me ha dicho que quería hablarme sobre algo, pregunto.

En estos momentos termina su conversación con la señorita V, explica Polidoro, Luego podrá verlo.

La puerta se abre y sale una mujer rubia y muy hermosa. Tiene el rimel corrido y algunas lágrimas dibujadas en las mejillas. M la toma de las manos y le sonríe con condescendencia. V me sonríe y luego abraza a Polidoro. La veo alejarse, escaleras abajo.

Desde el interior del cuarto, una voz similar a la de E, pero más desgarrada y gutural, esboza unas palabras. Escuché una voz conocida, dice E, ¿Polidoro, ya llegó? Sí, señor, responde el mayordomo. Dile que entre.

Doy el primer paso, pero M planta su mano suavemente sobre mi hombro. Es en serio cuando le digo que la enfermedad lo ha deteriorado, dice, Es posible que lo encuentre un tanto impresionante. Asiento sin entender y camino al interior. Las cortinas siguen bajas y la luz es amarillenta. La temperatura es todavía más caliente. Una enfermera en el cuarto me saluda. Usa una mascarilla en el rostro. El imponente olor a asepsia me recuerda al de un hospital o una morgue.

La cama de E está rodeada de toda suerte de equipos médicos. Suero, monitores cardiacos y un resucitador. Está vacía.

La voz de E es ronca, gastada, infecciosa y proviene de una esquina oscura del cuarto, la esquina más oscura que jamás haya visto. M sugirió lo de la temperatura, dice, Se percató hace unos días de que entre más alta esté, mi desgaste es menor. Una ironía. Siempre detesté el calor y hoy es lo único que me mantiene con vida.

No logro verlo. En un incontrolable impulso involuntario, miro de nuevo hacia la cama vacía. E se percata de mi observación, Ya no la necesitaré nunca más, afirma, Ven.

Avanzo con sigilo hacia la oscuridad cuando una luz fluorescente se enciende, centellante y tartamuda. El zumbido eléctrico es muy agudo y mis tímpanos apenas pueden tolerarlo.

Lamento lo de las luces, me dice desde un acuario pando una entidad tullida de carne deforme con la voz de E. Un líquido café entremezclado con lo que parecen ser cúmulos de grasa, llena una tercera parte del contenedor.

El piso se deshace bajo mis pies y quiero vomitar. Apuesto que no esperabas esto, muchacho, me dice. Por un segundo creo que mi mente me juega una mala pasada y pienso en una alargada y sobredimensionada albóndiga de piel y carne cuando reparo con más detalle en él. Sus miembros se han reducido a tentáculos deformes y se contorsiona erráticamente de tanto en tanto. Como teniendo pequeñas convulsiones. Tose y espeta un gargajo denso contra una de las paredes de vidrio del acuario que no tarda en coagularse. Lo que me va a matar, dice, son las malditas contracciones. Es mi sistema pulmonar colapsando, o por lo menos eso cree M. No sé si quiera agradecerle la aclaración. Ya no soy dueño de mis movimientos, dice, Si observas con cuidado, muchacho, estoy desarrollando agallas. Es cierto, algunas hendiduras purulentas parecen estarse formando a ambos costados de su grueso cuello de molusco sobredimensionado.

Todos los días me suben un poco el nivel de agua, pero no creo que lo logre, me dice, Todo se derrumbará antes. Me siento entre asqueado y temeroso.

Desde el umbral de la puerta, L me observa con los brazos cruzados. Vuelvo a E y algo que parece un ojo me busca hasta encontrarme. Me resulta imposible sostenerle la mirada. Le dice a la enfermera que se retire y yo no quiero que lo ella lo haga. La mujer nos deja obedientemente. L cierra la puerta. E levanta uno de sus tentáculos y lo bate, salpicando inmundicia hacia todas partes. Pide que me acerque. Tiene algo que decirme, algo secreto e importante. Más, acércate más. L todavía viste su camisón negro. Asomo mi cabeza en el acuario. Huele a un lugar donde no debo estar. Uno de los tentáculos se levanta en el aire, torpe, y se aferra a mi cuello. Algunos vestigios de vello corporal humedecido se distinguen en sus coyunturas. Me aprieta con fuerza y me arrastra hasta el ósculo que ha tomado el lugar de su boca. Me atrae con cariño hacia él. L se acerca por detrás y toma mi mano. Mi oído está a merced de E. Es un momento mágico, tan diferente y tan nuevo.

Diego Patiño nació en Bogotá en 1980. Estudió periodismo pero nunca ejerció. En cambio, se dedicó al diseño gráfico. Es ilustrador.