Cuento • Diciembre 2007
Una pared de ladrillos
Irene tiene 26 años, trabaja en una inmobiliaria. Hace de todo, muestra departamentos, se encarga de los contratos, prepara una jarra grande de café todas la mañanas pues es la primera en llegar a la oficina. Cuando los demás empleados llegan, unos minutos más tarde, la oficina huele a café e Irene está sentada frente a su escritorio ordenando unos papeles. Irene tiene una hija, que se llama Mildred y tiene cinco años. Está en el último de preescolar y la lleva temprano a la escuela, y pasa por ella a la hora de la comida y la deja en casa de su madre. Está divorciada y su ex es un buen tipo: acaba de volver a casarse y su nueva esposa esta celosa de Mildred, como pasa todo el tiempo. Esto es algo que tiene preocupado a Irene, pues no quiere que su hija se distancie de su padre.
Irene tiene una cuenta en el banco con sus ahorros de la que está orgullosa, esa cuenta es lo que mas tranquilidad le da. Recuerda los primeros años después del divorcio, cuando su ex desapareció un momento, se fue a los Estados Unidos, y Mildred era pequeña e Irene desempleada. Cuando puede va un centro comercial y se compra algo en Berksha. Esta es una de las cosas que mas le gustan en la vida. No tiene tiempo de salir con otras personas, pensar en una relación, pero está Alfonso, quien ha sido su amigo y amante desde el divorcio. Se ven una vez a la semana. Alfonso por supuesto no quiere tener una relación y ella nunca se lo ha planteado. Alfonso es un artista, toca la guitarra y escribe poemas. Salen a cenar o al cine, se comportan como amigos y ocasionalmente van a la cama. Alguna vez Alfonso le insinuó algo, pero no volvió a hacerlo, por más que Irene esperó. Pero estaba bien, no tenia tiempo para el amor, o para sexo personalizado.
Es relativamente exitosa con la venta de propiedades. Después del café, y de ordenar los papeles, nunca se le ve en la oficina. Sus departamentos se centran en la Narvarte y áreas circunvecinas. Va de un lado a otro concertando citas con su celular. No existe nada que ella no pueda vender.
Ahí conoce a este chico, que quiere comprar un departamento. Hacen una cita para mostrárselo. El chico es un par de años menor que ella. Ese día Irene lo recuerda porque traía una blusa nueva de Berksha, que le quedaba muy bien, que realzaba sus pechos. Tenía unos bonitos pechos. Irene se mira en el espejo del baño, minutos antes de la cita. Se pinta la boca. Se arregla el cabello.
El chico acaba de divorciarse, aunque es muy joven, y está buscando un nuevo departamento, el más barato que encuentre, que en la Narvarte no es tan barato. El chico le dice que desde que llegó a la ciudad de México, sólo ha vivido en la Narvarte y que piensa quedarse ahí por el resto de su vida. Por eso quiere comprar un departamento, pero no tiene mucho dinero. Su madre, que era una política, le dejó algo de dinero cuando murió. Los departamentos en la Narvarte, como ese, tipo estudio, les llaman, cuestan unos 400 mil pesos. El chico va muy mal vestido, parece una persona pobre, alguien de quien no sopecharías una cuenta de banco con 400 mil pesos. Le dice que nunca ha tocado ese dinero, aunque ha pasado por muchas penurias. Porque lo unico que quiere en la vida es un departamento propio. Y han pasado varios meses buscando infructuosamente; la mayoria de los departamentos son muy caros. Odia pagar la renta, le dice, odia regalarle su dinero a otros.
La chica le muestra uno de los peores departamentos que tiene; ella sabe que se encuentra en muy mal estado. Sabe que la taza y el lavabo gotean, las tuberias tienen más de cincuenta años, las paredes están en mal estado, el empapelado de la cocina es horrible, el techo tiene manchas de humedad. Es un departamento pequeño, sala, estancia, un pequeño baño, una cocina pequeña. Está mal iluminado. Pero el chico esta muy contento con el departamento. Se ve feliz.-Llevo mucho tiempo buscando departamento -dice- este es perfecto.
A ella le gusta el chico inmediatamente. Le gusta su voz tan tranquila. Ahí, en el oscuro departamento, se siente tranquila estando con él. Lleva los zapatos manchados. La camisa está sin planchar porque se ha quedado sin mujer, piensa ella. La voz de él suena tranquila y apagada y rebota en las paredes vacías.
-¿Han recibido muchas ofertas? -pregunta.
-Algunas -dice ella, como siempre.
-Me encanta.
El chico pasea por el departamento, como no es muy grande, y da varias vueltas observando los detalles. Se detiene frente a una mancha de humedad en el empapelado de la cocina, que está hinchado. El empapelado es rosa y con dibujos de legumbres.
Normalmente Irene no deja ir un solo cliente, lleva todo listo en su maletin, la fórmula de intencion de compra. Pero esta vez titubea. 400 mil pesos son un robo en despoblado.
-Lo quiero -dice él.
-El precio es negociable -dice ella-. Lo estamos dando al mejor postor. Otra persona vino a verlo ayer por la tarde y ofreció 380.
El chico se queda pensando, mira las marcas de los cuadros de los antiguos ocupantes, pálidas. Aquel rectangulo en la pared, debió ser, piensa Irene, una reproducción de la última cena. Le hubiera gustado que el dueño del departamento se hubiera tomado la molestia de repararlo, pintar las paredes de blanco, comprar una taza nueva, reparar las tuberías. El departamento tiene sus buenos cincuenta años. Cuatrocientos mil pesos son un robo en despoblado, más diez por ciento de escrituración, pero ella no es la que decide el precio de los bienes raíces, con su lógica torcida. La ventana de la habitación daba, era el colmo, a una pared de ladrillos; tan sólo porque habían construido un centro comercial a dos cuadras.
-Entonces yo ofrezco 400, es todo lo que tengo -dice.
-Escucha -le dice ella- normalmente no hago esta clase de cosas, pero me parece que este departamento no vale ese dinero. El edificio es muy viejo, las tuberías están mal -se sentia como una hermana mayor, le habia tomado cariño, en ese momento.
-No me importa -le dijo él-. Estoy muy cansado como para buscar departamento.
-¿Cansado de qué?
-De la vida.
Lo miró, debia de tener sólo 24 años y decía que estaba cansado de la vida, pero lo decia con tal convencimiento que no podía objetarse nada.
-Comprar un departamento -dijo ella-, es una decisión muy importante. No puede tomarse demasiado rápido. Hay que ver otras opciones -ya está, pensó, se sentía como una estafadora.
-Me gusta la pared de ladrillos -dijo él.
El chico estaba de nuevo en el baño. El lavabo sólo tenía una llave de agua fría y el boiler estaba ahí en la esquina. El baño tenía una tina con patas de animal. Iba a ser una tarea ardua limpiarle el sarro. Sin saber por qué, le preocupaba el sarro de la bañera, que el chico nunca iba a limpiarla; que compraría el maldito departamento y no iba a limpiarlo; y que el papel de la cocina seguiria siendo rosa con estampados de legumbres. Pensó que habia que retirar el empapelado y pasar dos manos de pintura de aceite. Y cambiar el mueble del fregador, y pensó en una estufa pequeña que había visto en una venta de garage.
-Recuerda que va a ser 10 por ciento más para el notario por la escituración.
-Mmm -dijo el chico, sin dejar de mirar la pared de ladrillos. Hacia arriba sobresalían los castillos de acero, y de fondo, el día era claro, casas uniformes, y un avión que se dirigía al aeropuerto. Irene volvió a pensar lo de siempre, que los notarios eran unos parásitos.
-Si me das tu teléfono -dijo-, puedo conseguirte un departamento mejor que este.
El chico dejó de observar a través de la ventana. Se giró, o más bien sus hombros giraron, como mostrando la intención de volverse hacia ella y decirle algo, pero no lo hizo. Permaneció ahí, de espaldas a ella, mirando hacia afuera.

