Cuento • Diciembre 2007
Últimos reflejos de Ruth
Me miro al espejo, estoy desnuda. Soy bella. Mis pechos redondos, en su justa medida; mi ombligo no se sale para afuera, mi pelo hasta la cintura es hermoso, esconde las huellas de mi piel, las que me quedaron después de que Luciano me golpeara esta mañana.
Antes de entrar a la ducha me detengo unos minutos a mirarme. El espejo es grande. Soy bella, sin duda. Las huellas de mi piel se pueden esconder perfectamente si mi pelo las tapa. Es por eso que nunca he querido cortarlo, Luciano no me lo permite. Sería un crimen, dicen algunos, sería un crimen hacerlo, seguro sería un tremendo crimen.
Comienzo a sentir el vapor de la tina que se rebalsa. El baño se llena de un humo que moja, que humedece. El espejo comienza a empañarse y ya no tiene sentido buscarse en él. Soy una sombra, un reflejo, como si estuviese de noche en una ciudad llena de garúa, en un incendio… en Londres, en el Londres de las novelas. No, no tiene sentido mirarse, el vapor ya ha empañado el espejo y mi imagen se disuelve en una especie de nada. Paso mi mano por él y descubro sólo mi rostro, mi cara. El inicio del cuello. Una cara sola se refleja en el espejo y soy yo. Esa cara soy yo. Juego y realmente soy sólo cara, sólo rostro y un pequeño cuello. No soy espalda, huellas, soy sólo cara.
De niña tuve el pelo corto. A los nueve años tuve que dejarlo crecer. Mi padre me obligó a ser femenina, seductora. Debes usar el pelo hasta la cintura y ser una mujercita. Nunca más debes usar el pelo corto. Nunca más Ruth, nunca más.
Siento cómo el agua corre, el espejo volvió a empañarse completo y el agua suena como el río en que me bañaba cuando niña. Cierro los ojos y estoy ahí, en ese río, sacando sapos entre las algas que me ataban los pies y me aterraban. Abro los ojos y recuerdo que todo fue más grato en mi niñez. Luciano no estaba, no existía. O estaba, estaba en algún lugar, pero no sabia de su existencia tan precaria. Golpea, golpea duro y a veces duele demasiado. ¡Ruth! ¡Ruth! Yo no grito, mis padres no me enseñaron a gritar, a maltratar a nadie.
La puerta de la casa se abre. Debe ser él que ha llegado de su trabajo. No le gusta que me dé baños de tina todos los días, me dice que el gas se gasta, que el agua sale muy cara, que las cuentas suben y suben y yo no trabajo ni medio día. Luciano ha llegado, sé que es él. Ha llegado y me sorprenderá llenando la tina del baño. Esto no le gustará. Sé que no le gustará. Me golpeará nuevamente. Pero no habla, no me llama, no pronuncia mi nombre. Estará odiándome porque estoy llenando nuevamente la tina, al igual que ayer, estará odiándome y no me hablará, pero sí me dará mi castigo. Supongo me llama. No escucho su voz. No quiero escuchar su voz, está en silencio. Sólo escucho el agua que cae y el río de mi niñez.
El agua sigue cayendo, el río suena y se confunde con su primer grito. ¡Ruth! Sin duda grita, repite mi nombre, diez veces repite ahora mi nombre en voz alta, en gritos… y sé que esos diez gritos son diez correazos en mi espalda. Sé que es sangre, llantos. Cada grito es un correazo, cada grito es un llanto. ¡Ruth! ¡Ruth! ¡Ruth! No escucho. No escucho nada. ¡Ruth! ¡Ruth! No quiero, no quiero escuchar nada. La tina está llena, el agua tibia, caliente. Un pie, dos… Estoy adentro. ¡Ruth! ¡Ruth! El agua es lo que espero cada noche, no sus golpes. Será mi último día. Sería mi última noche si me volvía a sorprender en la tina, dijo esta mañana. El gas se gasta, el agua sale cara, las cuentas suben y tú no le trabajas un día a nadie. Cierro lo ojos y recuerdo el regreso a casa luego del río. Un tarro de vidrio y diez sapos adentro. Sin algas. Sólo sapos y agua. Sapos para la tina. Ahí estarían cuando llegara mi padre del trabajo; mis sapos nadando en su tina. Ahí estarían y me haría sacarlos de a uno. Luego los debía matar uno a uno en el patio, frente a mi padre. Frente a él. Reventarlos con un martillo, un zapato, una piedra o un palo. O llenar la tina de agua hirviendo y arrojarlos ahí, delante de él, luego echar mucha sal hasta que murieran con sus crías, madres y padres sapos. Y mi padre riéndose. Para que veas que la tina no se usa para criar y jugar con sapos. Ruth, debes aprender que la tina no es para criar tus malditos sapos. ¡Ruth! ¡Ruth! Los sapos. A esconder los sapos, a botar el agua de la tina y tirarlos por el water. Mi madre me lo enseñó. Me encerraba en el baño y mi padre a veces no los veía. ¿Dónde están? ¡¿Dónde están, pequeña?! Ya volvían al río por medio del water, pensaba yo, por medio de unas enormes cañerías. Los había salvado y al día siguiente los encontraría nuevamente en el río, con las algas, en su hábitat. De vuelta con sus familias y seríamos todos felices.
Abro los ojos. Ya estoy adentro de la tina, encerrada. Ya no escucho nada. Luciano debe dormir. Debe haber llegado ebrio de su trabajo. Pero no. ¡Ruth! ¡Ruth! No quiero escucharlo. Sólo el agua del río que suena y soy una niña junto a mi madre y ella sí sabía cuidarme. Sabía qué esperaba de la vida, sabía de mis juegos, de mis amigos los sapos.
¡Ruth, abre o es tu último día! Él está acá nuevamente, no ha ido a dormir, está aquí nuevamente. ¡Ruth, abre pequeña, sé que tienes unos sapos! La puerta está con postigo. Luciano la patea y no le digo nada, estoy en silencio. La patea y me llama. Me nombra. Mi padre patea la puerta. ¡Ruth! ¡Ruth!. No abro. Mis sapos. Mi espalda. No le abriré la puerta. No saldré hasta que se duerma. Patea y no tengo miedo. Nada de miedo. Recuerdo a los sapos y sé que volvieron con sus familias. Eso me calma. Algún día volveré con mi familia y me podré bañar cuantas veces quiera, mirarme al espejo, sentir el silencio de la noche, el caer del agua. Mi madre sobará mi espalda. Y grita. Continúa llamándome, pero no me importa. ¡Ruth! ¡Ruth! No, él no me importa. Sé que siempre salvo a los sapos y vuelven al río. ¡Ruth! ¡Ruth! Podría irme cualquier día. Siempre le diría donde estoy por si me necesita. No le contaré nunca la historia de los sapos porque me dirá que soy imbécil, estúpida. ¡Abre la puerta, Ruth! Y mi madre siempre me cuidó cuando niña. Los domingos íbamos a la matiné, luego me compraba una manzana confitada. Recuerdo una vez que me subí a una montaña rusa. ¡Ruth, Ruth, abre la puerta! Primera vez que mi madre me dejaba subir sola a una montaña rusa, de esas que se instalan junto a los circos. Era yo, la montaña rusa y mi manzana confitada. Aterrada. ¡Ruth! ¡Ruth! En la segunda vuelta la manzana se enredó en mi pelo. Intenté afirmarme y cayó la manzana… La manzana enredada con mi pelo largo, y seguíamos dando vueltas. Mi madre casi lloraba. ¡Ruth! ¡Ruth! Yo casi lloraba por mi primera experiencia en la montaña rusa sola. ¡Es el último día! ¡El primero y el último!, me diría mi padre cuando volviera con la manzana enredada. Y estaría encerrada en mi dormitorio tres días, y mi madre no podría visitarme, sólo la nana para llevarme comida. ¡Es tu último día Ruth!
El agua suena cuando me muevo. Se ha ido enfriando y quisiera renovarla. Tengo derecho a hacerlo. Todo el derecho a hacerlo. ¡Ruth! ¡Es tu último y primer día sola en la montaña rusa! El agua está tibia. La prendo nuevamente. Y grita y patea más fuerte. ¡Ruth, es tu último día! ¡Me abres o es tu último día! ¡Apaga de inmediato el agua! Es eso. Grita y patea más fuerte por el tema de la montaña rusa.
Me lavaré el pelo. Quiero quedar limpia, completamente limpia. ¡Siempre gastas demasiado shampoo! ¡Siempre gastas tanto shampoo cuando te ensucias! ¡¿Cómo te lavarán ese pelo ahora, niña mal criada?! ¡Te dije que te lo dejaras largo para que te vieras más bella y no para que se te enredara una manzana confitada! Y patea. Patea. Y mi madre le dice tranquilo. Yo digo tranquilo Luciano, ya termino. ¡No tienes derecho a decir nada! Tranquilo… Tranquilo. ¡No tienes derecho a decir nada!
El agua está hirviendo. Luciano se ha cansado, debe haber ido a dormir, se habrá cansado y olvidará en el sueño lo de la tina con agua. Olvidará el shampoo que usaré, el agua que malgastaré, la cuenta. Y el agua está hirviendo, luego algo tibia, algo helada. El agua está helada y me congelo. No quiero salir del baño a ver el calefont que está en la sala de al lado. Luciano aun no debe dormir. Estará esperando a que salga desnuda y me pedirá que duerma así, sin pijama. No voy a salir hasta que Luciano se duerma. Pero no lo siento, no siento a Luciano como se duerme… Tal vez ha salido, tal vez ya no está, ha olvidado todo. El agua, el shampoo, las cuentas, los sapos, la manzana confitada. Pero debo esperar a estar segura de que duerme, de que sueña con su infancia, con su madre, con sus hermanos pequeños, con su padre que lo odiaba. Y no lo siento, y el agua está muy helada. Cada vez más helada. El gas se habrá acabado. No, no creo, el gas no se ha acabado. Hay mucho gas, muchísimo y es grato el olor a gas. Hay mucho gas acá adentro. Es grato. Mis sapos, mi manzana. Mi madre. El gas descansa, el olor a gas a uno la descansa, la relaja.
