Ensayo • Diciembre 2007
Tres disquisiciones voluntariosas sobre Herzog
1. Herzog como novela postmoderna
Durante mucho tiempo a Saul Bellow se le quiso incluir en el pack de narradores postmodernos. Era la época de resurgir de obras de Robert Coover y la ficción del entonces laureado con el Nobel Bellow desconcertaba a los incipientes teóricos literarios españoles. Una de las más interesantes y últimas exposiciones viene, curiosamente, de Japón y se llama A stylystic analysis of Saul Bellow’s Herzog: a mode of postmodern polyphony del lingüista Masayuki Teyanishi, de la Universidad de Hyogo Japón. El análisis que hace Teyanishi de las subjetividades en Herzog es magnífico, tal vez entronca con la teoría de que la novela postmoderna no es eso que creíamos o que obliga a replantearse si las teorías literarias que cimentan los usos típicamente postmodernos (ej: metaficción, mixtura genérica) no deberían replantearse que estas características no son definitorias. Creo que se ha pasado de señalarlas a buscarlas y esto genera las dudas consiguientes.
“Not able to stand kindness at this time. Feeling, heart, everything in strange condition. Unfinished business.”
Jane Richklovsky, You can build a bomb, 2006
Óleo sobre lienzo y tela estampada
83.8 x 85 cm.
La novela de Bellow tiene una de las estructuras narrativas más fascinantes que he presenciado en los últimos años y comparte con Pynchon una voluntad de realizar un retrato sobre el vacío de la cultura contemporánea. La diferencia, nunca señalada, es que Pynchon tiene un paisaje muy distinto y situa sus historias en un marco de suspensión de la credibilidad demasiado importante para ciertos críticos (pienso en James Wood, cuyas exageradas apreciaciones se delimitan al territorio formalista de las novelas macroexperimentales). Moses Herzog puede encajar en el modelo de sujeto postmoderno tranquilamente: es un intelectual de tintes europeístas que se mueve en una sociedad que está en las ruinas de la Modernidad y es un testigo atónito de como ninguno de los grandes dilemas le funciona. Su relación con su família es igualmente frustrada, igual que su indecisión respecto a sus mujeres: a Herzog no le mueven las angustias de los grandes amores o pasiones interiores, al protagonista de la novela le mueve una muy (judeoamericana, pero de eso nos ocuparemos más tarde) sensación de pesar existencial que le impide ser felicidad. Lo que se conoce como anhedonia, pero que termina siendo un diagnóstico propio de la era postmoderna: el personaje del rival de Herzog, Valentine Gersbasch (antaño su mejor amigo, al que el protagonista le procura un trabajo) que es físicamente débil (cojo, a diferencia de la salud y condición física de Herzog: fuerte y robusta, se señala explícitamente en la novela) pero con un éxito y prestigio, del que nuestro particular antihéroe siente cierta envidia. La sabiduría de Gersbasch tiene un recibimiento excelente allí donde va, Chicago, y ello puede suponer la banalización propia de una época de la Postmodernidad. No resulta descabellado pues, considerar a Bellow no un novelista, in strictu sensu, postmoderno pero si un legítimo cronista de la era posindustrial.
2. Herzog como pieza indispensable de la Jewish American Fiction
La ficción judeoamericana no debería considerarse tanto como una cuestión literaria. La tradición llega hasta tal punto que su estudio debería afrotnarse desde una perspectiva multimedia: no hay nada que esté más ligado a esta tradición como cómics como The Building, Contract of God o Family Matters del genial Will Eisner, los cuentos de Isaac Bashevis Singer, películas como Delitos y Faltas o Manhattan de Woody Allen, obras de teatro como Angels in America de Tony Kushner, series tan revolucionarias como Curb your enthsuiasm de Larry David o la novelística de Bellow. Todas ellas comparten su singular forma de abordar lo judío. Una serie de coincidencias que van más allá del folclore, que muestran una preocupación por los mismos temas: amor, muerte, sexo y família. Debería ampliarse, pues, hacia un terreno multidisciplinar el carácter de obras como Jewish American Fiction de Sansford Pinsker, dónde apunta que con Herzog, Bellow empieza a tomar otras direcciones fuera del territorio intelectual y las irritaciones de sus cada vez más agresivos protagonistas. Es cierto: Herzog trasciende los problemas intelectuales de una forma muy parecida a la de las cintas de Woody Allen. Comparte muchas pretensiones con Deconstructing Harry (1997) sobretodo de la misma historia de Harry Block, serían hermanas en muchos momentos sino fuera porqué la cinta de Allen tiene una condición autorreflexiva que la inunda de muchas otras subtamas brillantes.
La solución, dice Pinsker, está en el corazón de Herzog. Yo me atrevería a decir que está también en la delicadeza de Bellow. Bellow es capaz de incluir una subtrama de abusos sexuales iniciando el momento como una comedia de situación, digamos amarcordiana, haciendo que el momento dramático interrumpa sin más dilaciones. No convierte esto en un trauma paródico-freudiano, sino en una reaparición breve e inquietante. Y el corazón de Herzog (eres un buen hombre) delata también esa condición de Bellow de retratar a sus buenos hombres como fracasos. Deconstructing Harry comparte con Herzog, no se sí voluntariosamente (pero Bellow aparecía en Zelig así que no sería tan extraño), la escena del coche de policía en la que se destruye la figura del progenitor como héroe ocasional via expeditiva. También la visita al hermano, en la que Bellow-Allen tejen similar mensaje: una relación maracada por la admiración del protagonista hacia su hermano/a pero también cierta cabezonería de demostrarse a si mismo que pueden seguir adelantes. Harry Block y Moses Herzog, frenéticos y neuróticos, acuden a ver sus hermanos como maestros del sosiego, de la tranquilidad. Allen, no obstante, opta por un final mucho más optimista que el de Bellow, que situa la escena de la visita al hermano y la del coche policía en el centro mismo de su clímax final y el descorazonador viaje de Herzog por su extrañeza vital.
3. Herzog como ella misma
El problema que tienen muchos con Saul Bellow es muy similar, al menos en su argumentación central, al que se puede tener con Woody Allen: ven sus obras como unos róman a clef cargados de lo que consideran pretenciosas reflexiones intelectuales.
Esta es una forma, desde luego, errónea de interpretar una obra que es más honesta que pretenciosa. Sobre el róman a clef no resulta muy atractivo: cierto es que Humboldt’s Gift lo es, pero en gran medida, lo interesante de Bellow no es reducirlo todo a un simple roman a clef conversacional. Los mismos que están en su contra, le reprochan la simplicidad de su lenguaje. Desde luego es otro error, parecido además.
Con frecuencia me pregunto acerca del nuevo trayecto de la bigger american novel y las respuestas que me dan, novela tras novela, es la del lenguaje cuidado. Volvemos a BR Myers y su A Reader’s Manifesto. Creo que en la narrativa de Saul Bellow hay muchas salidas para la novela actual, que se han olvidado porqué a veces la corriente postmoderna se convierte en lo que yo llamo la fiebre posmoderna. La fiebre posmoderna es la completa desvirtuación (o si se quiere la derivación) de ciertos autores que decidieron tener que ocuparse de la gran novela dickensiana desde la forma y, además, marginaron a ciertos autores (completamente relacionados con sus referentes) por no estar en la onda. El síntoma de negación, a cada generación, es bueno pero en una gran tradición como la literatura norteamericana puede resultar patán: recordaba Mailer que en el mismo Twain se encontraban Salinger, Vonnegut y Bellow. Recordar a Barth y Pynchon es inteligente, pero es una bobada si no se tiene en cuenta que Bellow, colega universitario de Vonnegut, tiene esa aparente distancia formal sobre ellos como, intrínsecamente, esa unión de fondo.
Herzog es una novela ejemplar en casi todos estos sentidos: Bellow está en todas partes. Es el triunfo del autor, podría decirse. En su lenguaje, en sus intenciones y en su primera página. Se puede malinterpretar lo que Nabokov llamó su mediocridad miserable, que por supuesto no es tal. Bellow cuestiona a su sociedad, empezando por sí mismo. Pero esto no es falsa humildad: toda la novela está construida con estos principios. Y en cuanto a la estructura en Bellow detectamos también muchas ondas fresanianas (que no por casualidad escribió sobre él y no olvidó citar que su pupilo Philip Roth le superó) respecto a sus novelas (pese a que muchos se empeñen, muchas veces, en buscarlas en Borges): ese work in progress improvisado, esa jam session de diálogos (en Fresán monólogos, en Bellow sus diálogos son al fin y al cabo otro monólogo: el que habla con Herzog es apenas un tesigo y un entrevistador de sus sufrimientos existenciales).
Decía Nacho Vigalondo que cuando un artista es menos consciente de su obra, mejor. No iba equivocado. Pero, cuando lo es, caso de Foster Wallace,, emprenden piruetas suicidas que rara vez salen mal: saben que pueden. Pero a veces (y no descarto al mismo DFW) esto se gira totalmente en su contra.
Cuando la nueva voz perdurable de la literatura judeoamericana (a falta de tener más noticias de David Bezmozgis y algo aburrido por el nuevo proyecto de Nathan Englander) parece ser Michael Chabon, hay que armarse de criterio. Cuando uno lee la estimable e irresistible, pero inconsistente y muy discutible, Las aventuras de Kavalier y Clay, Chabon está convencido a cada paso que está escribiendo su gran obra. Chabon lo deja claro, no sólo físicamente, esta novela es espectacular. Es larga. Pero al fin y al cabo esas pretensiones dinamitan Kavalier y Clay: sus peroratas sobre el holocausto, su dichosa y agotada a las diez páginas comparación con el Gólem. resultan contraindicantes para una novela que homenajea al mundo del cómic, carente de pretensiones y hecho para divertir. En esta contradicción, Chabon lleva varios libros después, empeñado en resucitar el pulp de forma más honesta, pero siendo Chabon puede caer en el mismo error: que su intención y ampulosidad le nublen el resultado.
Herzog sólo juega a ser ella misma y no es que sea gracias a ello que sea una maravillosa sátira de la alta cultural, variante epistolar, y del fracaso de la Modernidad que crea seres anónimos, neuróticos e incomunicados. Puede que sea por la vigalondiana inconsciencia que triunfe, aunque también por el innegable talento y transparencia de Bellow, sabio desde sus limitaciones.
