Golpes y Patadas • Diciembre 2007

Le cortaron la cabeza con la katana.

Necrológica: Horacio Gómez

Por Javier G. Cozzolino

Esa noche del 26 de junio de 2007 había resuelto comenzar a mascar chicles de nicotina y de hecho lo estaba haciendo con facilidad cuando sonó el teléfono. Encima se escuchaba la actividad de la Asociación Americana de Kickboxing fundada por mi maestro, don Alejandro Straderlitz: los gritos de guerra de Vilmo Patiño entrenando con Osmar Dos Santos, el famoso luchador tucumano, y las clases teórico-prácticas de Martin Grunauer sobre defensa personal, crisis nerviosas y peligros latentes. Esa noche todo, absolutamente todo, amigos, impresionaba lo que se dice normal y yo podía ver con cierto desdén, y también alegría, los últimos paquetes de Delicados recién llegados vía aérea desde el DF, donde tengo un par de amigos, alineados ellos los Delicados uno tras otro -eran diez- a lo largo de mi escritorio. Pero estaba escrito que debía sonar el teléfono. Tan escrito como las extrañas leyes que rigen al universo, ésas que nos conducen, como el lúcido Daruma dijera, hacia el Satori, la Verdad, el Conocimiento Aterrador y todo lo que quieran poner en mayúsculas.

-Holá -atendí. Frente a mí, la mampara plástica y sucia que divide a mi despacho del departamento de imágenes que maneja Novoa, nuestro fotógrafo, pareciendo bambolearse por los efectos lumínicos que causaba la intermitencia disfuncional del tubo fluorescente colgado del techo; más cercanos, mis paquetes de Delicados recordandomé las noches de domingo tras la misa fumando con mis amigos por la Colonia Narvarte; detrás de mi nuca, la gigantografía de nuestro histórico número 72 con la imagen colosal de Vilmo Patiño y su debut entre las cuerdas, sobreimpreso el título “Bautismo de Sangre” y Vilmo Patiño otra vez, la misma foto, con los brazos en alto tras haber noqueado en el primer asalto al veterano uruguayo Brian Salazar Ruiz-. Holá -volví a decir puesto que del otro lado solamente me respiraban.

-Soy Zamudio -escuché al fin-, disculpe que lo moleste -escuché, quitandomé el chicle de nicotina de la boca y ya formando con él una bola.

-Ah, cómo le va.

-Cozzolino, Horacio Gómez fue asesinado -acabó Zamudio.

-¿Qué?

-Como escucha, Cozzolino -lloró Zamudio-. Le cortaron la cabeza con la katana.

-¿Cómo?

-Sí, Cozzolino, recién me entero. ¡No sé qué hacer! ¡Tengo miedo! ¡Pánico!

Le pedí que se calmara, que esperase mi llamado, que diera aviso a la policía.

-¡Ella viene a mi encuentro, fue ella, Cozzolino, fue ella! -también escuché.

Insistí con mis recomendaciones intentando disimular mi dolor y mi espanto. Luego corté el teléfono y salí y entré varias veces de la redacción por la puerta que separa lo que es Golpes y Patadas de lo que es AAK. Vilmito continuaba con sus gritos de guerra; Martin hacía lo propio con sus consejos a oficinistas del microcentro preocupados por la seguridad de sus mujeres y sus hijas.

Tembloroso tomé un Delicados de mi escritorio, lo abrí y sustraje un cigarrillo. En el baño de la redacción encontré una caja de fósforos, fumé y me di tiempo para también llorar la muerte del sensei samurai, aunque mis lágrimas no eran lágrimas normales, vaya uno a saber por qué. Mamá me contó que de chico solía desmayarme con el llanto, tiene un nombre ese fenómeno pero no lo recuerdo; llorando con mi Delicados prendido a los labios sentí primero una sobreoxigenación y luego un hormigueo en las manos. E inclinado bajo el chorro del agua fría del lavatorio me decidí por salir rápidamente de Golpes y Patadas y la AAK, sin decir nada a nadie. Sólo me demoré lo que tardó en dar con Novoa, que resfriado y auxiliado por su hijo trabajaba en su casa la nueva tapa del nuevo número de la revista: otra vez Vilmito, en un salto demoledor, con la pierna derecha en alto y la otra algo retraída.

-Novoa -ordené-, lamentablemente daremos marcha atrás con los textos y las fotos de portada. Horacio Gómez está muerto y te quiero en el lugar de los hechos. Ya.

-¿El sensei samurai?

-Como escuchás -dije.

Después sí, salí a la calle y monté mi harley davidson. Comenzaba una larga, larga historia.

Quién había sido Horacio Gómez. En la radio habían anunciado una alerta meteorológica, con ráfagas de viento de más de sesenta kilómetros por hora. En la esquina de Rivadavia y San José vi cómo volaba un semáforo. Sin embargo nada me acobardó y enfilé por esa avenida, hacia el oeste. Quién había sido. Eso me pregunté atravesando los vientos huracanados que arrancaban carteles de “Vendo” y “Alquilo”. Ésa era la pregunta básica de la necrológica que, si el poco tiempo con que contaba para el cierre de la revista me lo permitía, debería ser respondida en el próximo número de Golpes y Patadas. Quién era, quién había sido el gran sensei samurai…

Jane RichklovskyRecipes frighten you more than geometry, 2001
Óleo sobre tela estampada
78.7 x 94 cm.

Una primera respuesta saltaba contundente mientras la lluvia me empapaba la campera, el vaquero y las botas con que esa noche andaba yo. Horacio Gómez, rezaba esa respuesta, el gran sensei samurai, rezaba, había sido un karateca hacedor de yorois y también un perfecto desconocido a pesar de su relativa fama. Había resultado ser de esos personajes a los que las personas olvidan con facilidad no bien desaparecen de la televisión, no bien termina el programa de variedades en donde han participado. Pero la respuesta era todavía mucho más larga. También decía que supuraba una verdad, si se quiere periodística, que podría venir a justificar la existencia en los hechos fantasmal del todavía más fantasma, del ya muerto; esa verdad periodística no era otra cosa que la forma de la muerte del sensei y su conexión con su desaparición de “La noche del viernes”, el programa de Edgardo Kazanovich, mi amigo Edgardo Kazanovich. Porque si Zamudio no había mentido, porque si alguien, tal vez la novia del sensei samurai, realmente lo había muerto, todo entonces, cada detalle macabro, cada alternativa del juego entre la víctima y su victimario, serían capaces de armar un prodigio acaso indestructible, por donde Horacio Gómez podría pasar a ser para la eternidad “el que fue degollado en un ritual”, o bien “el que se mató por culpa de Kazanovich”, con lo que paradójicamente su nombre quedaría a salvo, ajeno a la nada y el olvido de la muerte natural, en el lugar de las primeras planas de los diarios primero y de los hechos policiales memorables más luego. Todas esas cosas fui pensando mientras sorteaba en la noche lo que el viento barría a su paso y asimismo mientras dejaba la harley davidson en el garaje donde la guardo.

Saludando al sereno del garaje de la calle Ramón Falcón imaginé a Zamudio insistiendo con el número telefónico de Golpes y Patadas, imaginé a Martin Grunauer o Vilmo Patiño atendiendoló más tarde que temprano y los vi al primero informando y a los otros dos noticiandosé de la triste noticia de la que yo me rehusaba todavía a divulgar, hasta que acabé aconsejandomé que lo mejor sería actuar con celeridad, mientras asimismo Novoa no se ponía en contacto con los otros dos y se armaba la previsible “de San Quintín”. Puesto que sepanló por si todavía no les ha quedado claro, tenía entre mis manos, además del horror, una posible primicia: que Horacio Gómez había planeado esa muerte para vengarse del olvido al que se consideraba arrojado por Kazanovich. Así lo creía yo entender en el gimnasio lleno de poleas y engranajes que es mi mente, y nada ni nadie, incluidos Vilmo Patiño y Martin Grunauer, mientras durase mi digestión de la noticia y la proyección de las acciones a seguir, debían estorbarme. Salvando las distancias, estaba obligado a ser con este caso un pequeño Daruma.

Bajo la tempestad caminé las dos cuadras que separan al garaje de casa. Mamá había pasado por ahí para dejarme escrito en un papelito pegado en el horno “Hijo, hay pastel de papas”. Pero como se podrán imaginar no tuve ganas de comer y todo me condujo hacia mi pieza que también es mi escritorio. Allí me puse ropa seca, encendí la máquina, y allí también, sin mayor documentación que mi memoria y algunas entrevistas al sensei samurai Horacio Gómez publicadas en Golpes y Patadas, comencé a escribir, frenético, al ritmo del silbido huracanado del viento y los truenos.

“Horacio Gómez -escribí- nació en Buenos Aires el 2 de julio de 1949. Hijo de un comerciante español y una ama de casa de origen corzo, hacia 1953 comienza a manifestar severos problemas de conducta; básicamente, la reserva seguida de la irascibilidad. Se esconde en algún rincón de la casa, cuando lo encuentran pega gritos y patea puertas, luego llora y más tarde vuelve a ocultarse esta vez bajo una cama. Ello y la desesperación de la madre mueven a un tío materno, de nombre Eduardo Suñé y practicante del cachacascán, a llevar al problemático sobrino al gimnasio donde desarrolla este tipo espectacular de lucha. No obstante al pequeño le desagrada lo que ve -hombres más bien gordos y más bien calvos vistiendo calzas y tomandosé de las orejas mientras pegan alaridos-, así se lo manifiesta al tío, y el tío, ese mismo día y con el Norte puesto en la preocupación por sustraer al sobrino de sus taras, lo lleva al primer piso de la finca donde, le anticipa, no se verá más cachacascán sino a un japonés de nombre Mino en su dojo enseñando un arte marcial, es decir otro tipo de combate que también es un modo de vida, llamado karate do y que parece ser muy interesante. Es el comienzo del romance de Horacio Gómez con esta disciplina.”

También escribí esa noche:

“Para convencerse de la belleza del karate do, a Horacio Gómez sólo le basta observar la escena de Mino dandolé órdenes a un grupo de jóvenes que alineados lo escuchan, y como por obra de un milagro en el decurso de un año, no más, logra transformarse en un niño afable, con buena salud y mejores modales, dotado por un don especial para este deporte, así se lo expresará el sensei Mino a Eduardo Suñé tras el primer examen rendido satisfactoriamente por el pequeño… Lo demás es silencio y también conocido. La carrera de Horacio Gómez es meteórica, llega a séptimo dan, bate todos los récords habidos y por haber de rotura de maderas y barras de hielo y es tentado por un circo de italianos, adonde se dirigirá Edgardo Kazanovich, vestido con su uniforme de cazatalentos, uno de esos días felices de payasos, enanos y elefantes, para invitarlo a participar en una película de forzudos, película que le abrirá a Horacio Gómez las puertas de tres dojos (uno en Avellaneda y dos en Quilmes) y la firma de su primer contrato para la televisión, otra vez con Edgardo, el gran Edgardo Kazanovich. Hay por esos años de dinero fácil, éxito y mujeres un tiempo sabático en el Japón, de donde (y esto es importante) regresa con una enciclopedia en la cabeza acerca del viejo mundo samurai, sigue luego batiendo récords durante más de quince años en “La Noche del Viernes”, expone armaduras y reproducciones de vieja pintura japonesa en diferentes clubes sociales y deportivos, filma otras cuatro o cinco películas y sólo recién al cabo de todo este camino que para él es zen sobreviene la ruptura con Kazanovich y el ostracismo, como un preludio de su muerte, de esa muerte que ya es noticia y que por las circunstancias no caben dudas de que ha sido ritual.”

Imprimí las cuartillas que ocupaba el borrador, apenas dos, y me dispuse a realizar las correcciones del caso, añadiendo el accidente que en un set de filmación Horacio Gómez sufre en 1986 y que casi lo envía a la muerte. Casi pegado a todas estas acciones propias de mi industria, otra vez el sonido del teléfono me descompaginó los planes.

Zamudio ya le hablaba al contestador automático de mi cocina. Refería otra vez su miedo y sus dudas, y ahora su temor por quedar implicado en los hechos y su incapacidad de llamar a la policía porque, aseguraba, la voz no le salía y solamente conmigo le era posible revivirla.

-Usted me da confianza, Cozzolino, sé que puedo confiar en usted -andaba Zamudio diciendo al contestador cuando levanté el tubo del teléfono.

-Aquí estoy -dije-. Tranquilo, soy su amigo.

-Lo llamé a la revista. Ahí también le dejé un mensaje -dijo Zamudio y un trueno irrumpió armonioso con lo decía.

-Di-s. ¿Y qué dejó dicho? -pregunté.

-Nada. No me salen las palabras. Sólo que me llamen.

-¡No!

-Ya me llamó tres veces el señor Patiño.

-¡No!

-Pero no lo atendí. Estaba en el baño. Y la encargada del hotel a estas horas no atiende el teléfono. Pero sé que quien llamó fue el señor Patiño.

-Escúcheme, Zamudio, por el momento prefiero que Vilmo y Martin no estén al tanto de los hechos. Podrían complicarlo todo, ¿me comprende?

-Creo que sí…

-Hagamé caso, entonces.

-Es que hubo otro llamado y a ése sí llegué a atenderlo.

-¿Eh?

-Era la muy zorra, Cozzolino, otra vez. Dijo que estaba cerca. Que traía la cabeza del sensei.

-¿Usted me está diciendo que…?

-Sí. Que Nadia Yolakian viene a mi encuentro en el hotel con la cabeza del sensei metida en el bolso deportivo del sensei.

Una ventana del lavadero se giró sola empujada por el viento. Lo mismo hizo otra más. Supuse que era el espíritu enfurecido del gran sensei samurai y quedé de rodillas para que notara mi actitud reverente. Como toda respuesta, las dos ventantas echaron agua sobre la ropa blanca tendida por Rosita, mi mucama. Fuera volaban cosas.

Colgué el teléfono tras otra vez consolar a Zamudio y rogarle inútilmente que llamase a la policía; oré por el alma de Horacio Gómez y volví a montar mi harley davidson, ahora con el traje de lluvia amarillo que llevo para días o noches como la que cuento. Y al llegar a la AAK noté que en el primer piso todavía había luz.

-¿Quién anda ahí? -pregunté nomás entré al vestíbulo de la planta baja. Como nadie me respondió, avancé sigiloso hasta la escalera, entre avisos enmarcados de Golpes y Patadas y clases de karate, kickboxing y sumi-e impartidas por mis colaboradores. Al pie del primer escalón me llegaron ruidos de combate. Ruidos tan poderosos como los truenos de la calle.

-Somos nosotros, pues -respondió Vilmo Patiño.

Se habían enterado nomás de los hechos, no en la AAK sino en su casa; ya habían viajado hasta la casa del gran sensei samurai y ahora estaban de vuelta desquitandosé del destino e intentando no ir en busca de mi amigo Edgardo Kazanovich o de la asesina. Al uno y al otro inculpaban, pero no sabían que la cabeza del sensei viajaba con Nadia Yolakian hacia Zamudio. Y a propósito me pregunté ¿dónde entraba Nadia llevando la cabeza dentro de mi supuesta revelación, eso que yo llamaba “primicia”? ¿Me había equivocado? ¿Me estaba equivocando? Sí, probablemente, me respondí, pero es necesario darle algún tipo de explicación al horror y la locura. Es mi obligación como director de Golpes y Patadas, me dije.

Vilmo y Martin me dijeron entre golpes y patadas que no los había llamado Zamudio. Nada sabían de la injerencia de Zamudio en la historia y yo preferí que así fuera para omitir probables víctimas de la furia de Vilmo y Martin. Zamudio en soledad aguardando a la novia loca del sensei samurai tal vez fuera lo mejor que podía ocurrir; para las fuerzas del orden, para mí. Pero antes de noticiarme de cómo se habían ellos enterado de la muerte de Horacio Gómez debí aguardar porque ya el diálogo era imposible. Vilmo y Martin se habían quitado la ropa y combatían en calzones ceñidos y azules en el gimnasio central de la AAK, el mismo que muchos de ustedes llenan cuando armamos el ring-side para las peleas de los sábados.

Los estilos de Vilmito y Martin se confundían; ahí donde había un lance de judo todo era respondido con una trompada kickboxística. A Vilmito le sangraba un pómulo pero quien parecía llevar la peor parte era Martin, que escupía de vez en vez espumarajos rojos y espesos en el piso con un ojo técnicamente fuera de servicio. Me senté en un rincón y fumé un Delicados contemplando las mecánicas de sus violencias. No dejaba de ser bello y triste lo que hacían, había hasta en la combinación de sus pieles, la de Patiño oscura, la de Grunauer pálida, un sentido de lo estético imposible de evitar y admirar. Me permitían esa intención que me había impuesto poco antes en la cabeza, la de ser un pequeño Daruma, propiciandomé las condiciones básicas de la meditación en medio de una noche realmente espantosa. Además, era lo mejor que yo podía hacer, dejarlos que se cansaran. Vilmo y Martin son dos personas excelentes, pero es preferible que estén dormidos antes que enfadados. Ellos lo saben. Enfadados no piensan, y lo que esa noche era necesario, por Golpes y Patadas, la AAK y por el descanso en paz de Horacio Gómez, lo que era necesario, decía, era tener listos los engranajes y poleas de la mente. Pero estoy equivocado, volví a decirme, nada tiene explicación, me mortifiqué.

El espectáculo que Vilmo y Martin me dieron se demoró unos quince minutos y ello se debió a que yo había llegado tarde a la función, arrancada por lo menos una media hora antes. Martin Grunuer fue nomás el perdedor, con una muela menos y un brazo fracturado. Hubo que llamar a una ambulancia; y mientras la aguardábamos, escuché la versión de los hechos, que el uno y el otro me narraron, llorando.

Según dijeron, esa noche la señora Grunauer, viuda de Patiño y madre de ambos (el primer marido de Anna fue el señor Grunauer, padre de Martin, esta es otra larga historia, pero que dejaré para otro momento), los esperó despierta, en camisón rosa, el cabello todavía rubio recogido sobre la nuca, la cara sin arrugas pero desfigurada por enormes ojeras marrones, las manos ya luciendo sus primeras pecas de la tercera edad. Con unas albóndigas los esperó. En silencio los esperó. Sentada a la mesa del comedor de la casa los esperó. Bebiendo singani. Ella y la mesa iluminadas por la lámpara de pie, negra, dispuesta junto al sillón de madera de nogal donde frecuentemente Vilmo Patiño se sienta a meditar lo sucedido durante el entrenamiento. Y de a ratos, mientras aguardó la llegada de sus hijos, la señora Grunauer, viuda de Patiño, se dejó conmover por el sueño y cabeceó creyendo ver montañas de tierra multicolor, lagos y cielos azules tiroleses o del altiplano, y no bien pudo restablecerse de aquel ensueño, toleró el descenso del minutero y apartó la vista y contó hasta treinta para luego verificar si su cuenta coincidía o no con la del reloj de pulsera. Esa noche, también dijeron Vilmo Patiño y Martin Grunauer, ellos los relatores de esta parte de la historia se fueron de putas, llegaron tarde a la casa y Martin fue el primero en correr al baño, donde se pegó una ducha y comenzó a cortarse las uñas de los pies sentado en el inodoro, cosa que no terminó de hacer porque antes… sonó el teléfono.

Pero no era Zamudio, no. Se trataba de una vecina de Horacio Gómez, el karateca, el sensei samurai, el ahora muerto. Una vecina que llamaba a casa de los Grunauer y los Patiño.

-Los policías la obligaron a reconocer lo que de muerto quedaba, pues -contó Vilmito.

-Pero la mujer no quiso -contó Martin.

-Estaba todo chamuscado, pues.

-Carbonizado, sí.

-Entonces nos llamo a nosotros, pues.

La mujer, también contaron Vilmo Patiño y Martin Grunauer, fue enfática y veraz o al menos así les impresionó, y hasta allí pudieron detallarme las cosas mientras yo mordía mi conocimiento acerca de la injerencia de Zamudio.

La médica del servicio de emergencia, que recién había entrado, recorrió lasciva en el ínterin los abdominales de Martin Grunauer, le entablilló el brazo y curó con un cicatrizante la herida en el pómulo de Vilmito. Pretendió llevarlos a la ambulancia, pero ellos se negaron y tuve que intervenir y explicar lo que estaba sucediendo. La médica, una joven muchacha rubia, comprendió las razones, lamentó el momento que todos atravesábamos y manifestó haber sido practicante de taekwondo; dandolé un autógrafo logré que se marchara de la AAK.

-Quiero que se queden acá -dije entonces-. Necesito que se queden -insistí mientras los dos me miraban-. No sabemos qué pueda pasar, dónde pueda ser encontrada Nadia Yolakian, pero hoy Golpes y Patadas los necesita de guardia.

-¿Y qué harás tú, Cozzolino? -me preguntó Vilmo, decidido, si mi respuesta no era convincente, a sublevarse.

-Ir al lugar de los hechos. Novoa ya tiene que estar por llegar a la casa. Está avisado.

-¿Pero que no te hemos dicho, pues? -volvió a la carga Vilmito-. Que la casa ha sido incendiada, pues. Y que el cuerpo del sensei no habemos podido reconocerlo, pero -declaró.

-No interesa. Debo estar, interiorizarme -expliqué-. Murió el gran sensei samurai. Él hubiera hecho lo mismo por nosotros -afirmé.

Vilmo Patiño y el maltrecho Martin Grunauer comprendieron las razones. Me acompañaron hasta la planta baja y me dejaron solo en la redacción de Gopes y Patadas. Allí llamé al teléfono particular de un comisario amigo y le detallé lo que había ocurrido y a quién esperaba Zamudio. Cuando corté el teléfono el operativo “Atrapen a la Zorra” estaba en marcha.

Ya en la calle, con un Delicados colgando de mi boca, saludé a mis colaboradores. Mi harley davidson estaba intacta, guarecida bajo un plátano, y conjeturé que esa podía ser otra señal del más allá y así lo manifesté:

-El gran sensei samurai está con nosotros -dije.

Vilmito y Martin me saludaron emocionados y yo me perdí en la lluvia y los vientos huracanados del alerta meteorológico, montado sobre mi caballo indestructible, norteamericano, de noble acero.

Si algo ahora sabía era que nada sabía acerca de cómo se habían dado los hechos propios del asesinato. Y no quiero entusiasmarlos con la promesa de una respuesta, amigos, pues ésta nunca llegará. Ahora mismo no la tengo. Confórmense, les ruego, con recordar al sensei. Háganlo como una forma de oración, o como una variante de la piedad.

Este texto hace parte de la serie "Algunos apuntes necrológicos aparecidos en Golpes y Patadas y ahora aquí reunidos sobre los últimos y tristes días del gran sensei samurai Horacio Gómez."
Javier G. Cozzolino es cerdo de la piara, argentino y autor de Tulipanes para Zamudio (Universos, 2009). "Hazel" forma parte de El cuaderno enfermo, título provisional de su segundo libro de cuentos.

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