Columnas • Diciembre 2007

Un buen nombre para una columna es dificil de encontrar

Mayoreo

Por Miguel Habedero

No soy un hombre rico. Algunas personas piensan que soy rico porque nunca me levanto a las siete de la mañana y no uso el transporte colectivo. Reconozco que mis libros se venden bien en Alemania, ese país amigable de tirantes multicolores. Los alemanes están locos por Habedero, me dice Kurtz, mi joven editor alemán, rubio y desabrido, a quien nunca le he podido perdonar ese lunar siniestro en el ojo derecho que lo hace parecer un perro dálmata o un implacable, pero mustio, villano de las películas de James Bond. Los tirajes alemanes apenas alcanzan los dos mil ejemplares; es una pequeña casa editora, especializada en escritores latinoamericanos. Aquí en México apenas se me conoce, pero el año pasado fui a la feria de Frankfurt y estuve en la misma mesa que mi amigo Sergio Ramírez. Lo alemanes están locos por Habedero, y algunas alemanas como pude comprobar. El idioma de Schiller y de Goethe no es uno de mis fuertes, ni siquiera sé cómo pronunciar esos grandes nombres, y a lo largo de cinco matrimonios nunca me han faltado las esposas que me corrijan en público cuando los grandes nombres, como bustos de yeso, vienen a mi boca. Schiller y Goethe y todos esos maricones alemanes tampoco me han gustado nunca. El alemán, para ser un poco más exacto, me parece una lengua repugnante. En fin, todo lo que es alemán me repugna, salvo la cerveza, que tampoco me entusiasma demasiado. Cada vez que tomo una cerveza tibia alemana, me pongo a pensar que Hitler, y su estado mayor, debieron tomar esa marca para celebrar la invasión de Polonia o la solución final; como muy pocos saben, mi abuelo era judío. Yo soy de un pueblo sencillo, la cerveza debe ser aguada y debe tomarse apenas uno grados Farenheit arriba del punto de congelación, dependiendo de la altura, y debes de tomar tanto como puedas.

Esto venía a colación -que no soy un hombre rico- porque el otro día me llegó un cheque de unos cuantos euros de parte de mi editorial alemana, cuyo nombre no puedo recordar, y aunque me viniera a la mente, no lo podría pronunciar. Una palabra alemana de esas que significan algo genial y que usan los filósofos de la nada para definir lo indefinible, pues. Algo así como MeinKampfzeittungspiegelpanzer: esa linda sensación que te embarga cada mañana, una mezcla de melancolía y felicidad cuando caminas por Viena y las matronas vienesas barren las calles húmedas.

Mi mujer es muy trabajadora y además heredó algo de dinero de su madre, y ella también ha sido muy generosa conmigo, a pesar de este sentimiento de culpa por las mañanas cuando me levanto en calzoncillos y bebo la leche directamente de la caja. Pienso que Amílcar, mi hijastro, que todavía está en una etapa de desarrollo, podría beber de esa leche. Lo pienso mientras unas gotitas de leche fresca y saludable gotean entre los pelos erizados de mi barba gris. Me siento como un vikingo asaltando un monasterio irlandés mientras la leche fresca y deliciosa baja por mi garganta y todo ese calcio se incorpora a mis frágiles y porosos huesos. Y cuando veo el televisor, me siento como un rey vikingo que bebe la cerveza del Thule en el cráneo de sus enemigos. En resumen, que muchas veces no estoy en condiciones de aportar algo para el gasto familiar.

Pero ese muchacho, Amílcar, lo he visto, desayuna una lata de cocacola y media cajetilla de cigarrillos, como no corresponde a un patricio cartaginés. Y en tiempo de vacaciones, cuando no está en el proceso de realizar una brillante vida académica, pasa las mañanas encerrado en su cuarto, y sale esporádicamente al refrigerador por una lata de coca cola, y regresa a su cuarto, donde repasa un libro con un lápiz en la mano, y una vena en la sien a punto de estallar. Parece un revolucionario ruso. Estudia los clásicos de la literatura germana, a pesar de que ya terminó una licenciatura en matemáticas; también toca el violonchelo con una precisión de autómata.

Yo trato de fingir que no me interesa, aunque cada mañana lo veo a través de la puerta entornada, diseccionado a los clásicos alemanes -entre los cuales estoy ahora yo, me dice Kurtz- como si se trataran de ranas. Coloca el libro en el escritorio, y pasa su lápiz, tan afilado como un bisturí, fumando sus cigarrillos burgueses de filtro blanco. Lo miro, con mi caja de leche en la mano: leche por las mañanas, cerveza por la tarde, el secreto de una vida longeva. Nunca he tomado agua. Pertenezco a una civilización consciente de sus logros; de que habíamos llegado a un punto de la historia, gracias a la técnica, en la que la leche y la cerveza eran los pendones de una sociedad industrial y feliz; y que tomar agua era tan reaccionario como volver a ser cazadores recolectores.

Fue idea de Catalina regresar a la ciudad de México, y ella compró una casa en la colonia Narvarte: Xochicalco entre Luz Savignon y Cumbres de Maltrata: cerca de aquí, mi amigo Avilés Fabilés tiene su fundación, que lleva su nombre. Yo no tengo mucho dinero, y esto algunas veces me hace sentir un poco mal, especialmente los días en que Catalina regresa del mandado, donde compra todo al mayoreo y siempre hay para mí una caja de cerveza alemana Meinkanpft o algo así. Por eso, el otro día, cuando llegó mi cheque de Alemania, mi oro nazi, dice Catalina en broma, insistí en ir por el mandado yo mismo. Era domingo, y le dije a Catalina que se quedara en casa -se lo merecía- viendo la tele.

Aquí va otra: aparte de que no soy rico, estoy por cumplir los sesenta años, y hace unos meses decidí entrar a una escuela de manejo. Nunca aprendí a conducir por la simple y sencilla razón de que siempre hubo una mujer emancipada que lo hiciera por mí. Mis aventuras por la ciudad, junto a mi instructor de manejo, una joven nerviosa y paciente, serán motivo de otra columna. Baste decir que fui al mandado conduciendo la 4×4 de Catalina ese domingo, y que me perdí varias veces en una ciudad que conocía a la perfección caminando, pero que detrás de un volante es totalmente diferente. Nunca había ido al mandado, ignoraba de donde provenían todos esos productos sofisticados que Catalina subía cargando por el ascensor cada semana, incluyendo mi cerveza alemana. Ya estaba encendiendo la camioneta, y cerciorándome de que el asiento estuviera en la posición adecuada, y los espejos, y ya me había abrochado el cinturón cuando caí en cuenta de que no sabía de dónde venían todas esas cosas. Así que entre de nuevo a la casa.

-Cathy, ¿dónde compro el mandado? -en el bolsillo de mi pantalón llevaba una lista que Catalina había redactado meticulosamente para mí con su prefecta letra palmer.

-Sam’s -me dijo-, te di una tarjeta, ¿recuerdas?

Busqué en mi cartera, ahí estaba la tarjeta que Catalina me había dado hace tiempo y cuyo propósito ignoraba, aunque tenía mi foto. Me pregunté cómo habían hecho para fotografiarme y poner mi cara en esa tarjeta.

-Muéstrala a la entrada -me dijo. Me explicó que era algo así como un club muy exclusivo, del cual yo era miembro, y me advirtió que no citara a Groucho de nuevo -Cathy es muy sensible a los lugares comunes-, y me dio la dirección; me hizo un mapa en un papelito, lo colocó entre los dedos de su pie derecho y estiró una esbelta y bien formada pierna -enfundada en unos mallones negros-, y flexible, gracias al Pilates y al Yoga, y lo colocó en el bolsillo de mi camisa de leñador, la que uso los domingos. Esta clase de movimientos suelen excitar mi malhadado corazón, tanto, que no necesité de viagra esa vez, y le hice el amor ahí mismo, en el sofá.

De vuelta en la camioneta, luego de un viaje de dos horas, perdido en una ciudad cada vez más incomprensible, pude llegar al estacionamiento del Sam’s, como se llama ese supermercado súper exclusivo. Me sentí orgulloso de haber logrado esa meta sin asesoramiento externo. En la entrada, un guardia de seguridad me pidió mi credencial y yo se la mostré, envanecido por la fotografía en la que se veía a un hombre maduro, feliz y atractivo. Pensé en proponerle esa foto a mi editor para la contraportada de mi próximo libro. Por supuesto, durante las dos horas que tardé en llegar, escuchando una y otra vez mi disco de grandes éxitos de Diana Ross and The Supremes, pensaba en la forma en que iba a redactar esta columna; pensaba en una reflexión moral sobre la sociedad de consumo y esa clase de cosas, pero al llegar al supermercado súper exclusivo, me quedé petrificado. Los enormes e iluminados pasillos, las estanterías que llegaban hasta el techo, el tamaño de carrito (¿dije carrito?), los enormes botellones de plástico de los productos de la limpieza, todo, me hizo sentir increíblemente pequeño, como que toda reflexión sobre la sociedad de consumo se quedaba pequeña. Tenía una lista del mandado y un lápiz para tachar los productos que iban aglomerándose frente a mí. Nunca en mi vida había realizado una tarea tan difícil, mi admiración por Catalina subió hasta el Himalaya. Venir a este lugar cada mes, y regresar a casa sana y salva, y aún más, con las pupilas dilatadas por el placer de comprar todo al mayoreo. ¡Todo al mayoreo! Había que comprar litros y litros de suavizante de telas, el suavizante especial para ropa negra de Amílcar, kilos de detergente, enormes tarros de ingredientes, etcétera. Catalina me explicó que se ahorraba dinero comprando de esa forma tan monstruosa, como si una guerra nuclear fuera inminente. Para colmo, el lugar estaba atestado de gente rabiosa que conducía sus carritos a alta velocidad, colmándolos de productos entonces desconocidos para mí. En los pasillos la gente pasaba sobre mí como si yo no existiera.

Mi vida hasta entonces había sido, salvo dos o tres episodios, apacible y austera. Un refrigerador lleno de cerveza y los grandes clásicos de la literatura era lo único que podía pedirle al rostro melancólico de la realidad. Ese día perdí la inocencia. Del oro nazi no quedó absolutamente nada.

Regresé a casa cuatro horas después, completamente quebrado, con la espalda rota por las bolsas del mandado. Catalina seguía mirando la televisión. La puerta del cuarto de Amílcar estaba cerrada y silenciosa como una tumba antigua.

-¿Por qué tardaste tanto? -me preguntó, como si ella fuera Penélope y yo Ulises.

Me arrojé en el sofá, en la televisión la serie favorita de Cathy, que era sobre doctores jóvenes y ambiciosos que se acostaban entre ellos y tenían operaciones exitosas algunas veces y otras no: todo muy inteligente y con buenos chistes; frívolo y sofisticado, muy a propósito de este tiempo con supermercados súper exclusivos. En esas series nadie se pregunta por el destino del hombre o el fin del humanismo.

-Cathy, estoy a punto de morir, destápame una cerveza alemana.

Cathy revolvió entre las bolsas del mandado como si fuera un botín de guerra, revolvió y revolvió, y al final me dijo:

-Creo que olvidaste la cerveza.

Mi aspecto compungido debió parecer monstruoso mientras la luz del televisor se reflejaba en mi cara, pues Catalina me dijo:

-Dame las llaves de la camioneta, voy a traerte cerveza.

Minutos más tarde, ahí estaba yo, mirando el televisor, con la cabeza de Catalina en mis piernas, que ronroneaba como una gatita; y en la mano una deliciosa cerveza de fabricación nacional, y me sentí feliz. Los jóvenes ambiciosos realizaban toda clase de complicadas operaciones. Ellos tenían el futuro en sus manos, con sus preocupaciones egoístas, y pensé en mi joven editor alemán, y en los alemanes.