Cuento • Diciembre 2007
Grillos
Nadie en casa. Supe esto porque al despertar todo estaba en silencio. En días así a veces permanezco en la cama durante horas, pensando que sólo yo vivo aquí, sin nadie más, y envuelto en las sábanas me imagino que mis padres murieron en algún accidente de tráfico y que Katia y Mario viven lejos, quizá en otro país, y que yo me he quedado solo para siempre. Lo malo es que después de pensar eso me cuesta mucho trabajo volver a la normalidad, quiero decir, me levanto de la cama y la habitación me parece diferente; todo lo que veo me parece diferente y durante un rato siento como si todas esas cosas de verdad hubieran sucedido. Por eso me acuerdo de esa frase que leí o escuché en algún lado: “Cuidado con lo que deseas”, lo que no quiere decir que yo deseara quedarme solo -no se diga la muerte de mis padres- sino que lo que la frase quiere decir, me imagino, es que uno debe vivir en la realidad y no atrapado en los sueños o las pesadillas que somos capaces de inventarnos.
La verdad es que uno puede agriarse la existencia; incluso puedes llorar como si hubiera sucedido y pasarte la mañana pensando en cosas terribles hasta que alguien te llama por teléfono o te viene a buscar. Es estúpido. Así que arrojé las sábanas lejos de mí y me senté sobre la cama todavía con los ojos medio cerrados y la cabeza caída, dejando que las imágenes de un momento antes se desvanecieran y me dejaran vivir. Me levanté y me dirigí como un zombie al baño -con los brazos estirados y todo- y oriné con la puerta abierta balanceándome y escuchando el chorro que caía a la taza. Luego abrí los ojos, poco a poco, viendo por las rendijas de mis pestañas, y el espejo me devolvió la imagen de los mechones de cabellos disparados hacia todas las direcciones y la cara demacrada y una espinilla blanca y enorme en la comisura de la boca. La miré de cerca. Era blanca y pequeña y con un halo rojo que la elevaba como un pequeño volcán. Me deshice de ella apretando por la parte de abajo y fue asqueroso ver toda esa grasa salir disparada; pero estaba hecho, así que me lavé la cara y me apliqué una buena porción de la crema limpiadora de Katia. Después puse un caset de Los héroes del silencio en su estéreo y arreglé la banda de ecualizadores de tal modo que los platillos de la batería sonaran todo lo posible. Por la ventana de mi habitación aprecié el día y me pareció bueno; me arrojé a la cama; los Héroes comenzaron a balbucir y canté con ellos imitando la voz de Enrique Bunbury, o sea, impostando la voz y soñando que me encontraba en un concierto lleno de miles de personas. No sé si me gustaría estar en uno de sus conciertos, porque va un montón de gente idiota, pero lo preferiría mil veces a un concierto de Dead Can Dance.
En eso estaba cuando escuché el ruido del televisor saliendo de la habitación de mis padres. Apagué el estéreo y fui a su habitación: de pie frente al televisor Mario intentaba hacer funcionar la videocasetera; al verme su rostro se contrajo -una mezcla de alivio y exasperación-, y me pasó el caset de La Bella y la Bestia.
-No puedo ponerlo -dijo.
Metí correctamente el video y la videocasetera tembló, se ajustó y comenzó a correr, ronroneando a medida que la cinta avanzaba. Le pregunté a Mario a dónde había ido Katia pero no me respondió, más bien trepó a la cama y se colocó frente al televisor recostado sobre su estómago y con las manos sosteniendo su cabeza por la barbilla. La imagen no se veía bien (nunca se ve bien, de hecho), por lo que abrí la tapa de los controles y estuve un rato moviendo el tracking adelante y atrás hasta que la imagen se aclaró y al cabo de unos segundos apareció la advertencia del FBI y luego la música de Disney. Le volví a preguntar si sabía a qué hora iba a regresar Katia y tampoco me respondió, por lo que adelanté la cinta y de pronto la Bella apareció en escena y comenzó a cantar y a bailar haciendo que su vestido rosado diera vueltas y se elevara y todo. Mario sonrió, ladeó la cabeza, volvió a sonreír. Lo dejé ahí, subí de nuevo el volumen del estéreo y bajé a la cocina a preparar el desayuno.
La música de los Héroes volvió a inundar la casa y Bunbury comenzó a berrear otra vez. Sé que hay gente que prefiere a Dead Can Dance. De hecho, se mueren por Dead Can Dance y se graban los casets y se los pasan y los escuchan en clase con sus walkman. Adriana, por ejemplo, sólo escucha a Dead Can Dance. Antes de que nos dejáramos de hablar me regaló un caset grabado y me escribió una carta. Yo le respondí a la carta y luego ella volvió a escribirme diciéndome que, viendo lo idiota que yo era, la consolaba la idea de que ya no fuéramos novios. Siempre dice frases así, y busca problemas en todo lo que digo y hago, pero creo que nunca se fija en sí misma. En mi segunda respuesta le pregunté por qué me seguía escribiendo si ya no le importaba, y me contestó -y la verdad es que me dio risa- con una historia escrita por ella misma. No sabía que podía escribir esas cosas y me sorprendió un poco porque se supone que todas las historias deben tener una moraleja, es decir, algún mensaje que uno debe encontrar en la historia, y la de Adriana no tenía sentido porque trataba de un pez llamado Señor Bravo al que todos alimentaban y halagaban hasta que un día, envalentonado, salta fuera de la pecera y se muere. ¿Qué moraleja hay en eso? Después de esa carta dejamos de hablarnos, y ahora, cuando me la llego a encontrar, miro hacia el frente y paso sin saludarla, y a veces, de reojo, veo que ella me mira, incluso se detiene, como si yo fuera a saludarla, y luego sigue su camino. Y no me importa, francamente.
Jane Richlovsky, You don´t drive it you aim it, 2004
Óleo sobre tela estampada
78.7 x 97.8 cm.
Preparé un litro de licuado de plátano y me lo bebí todo sin dar ni un respiro. Después serví cereal en un plato y se lo subí a Mario. La Bella estaba hablando con la Bestia y yo me hice la siguiente pregunta: ¿A alguien se le ha ocurrido pensar que es una bestia? Porque no es cualquier cosa, es una bestia peluda con colmillos que le salen del hocico y todo. Y ya en esas, ¿quién puede creer que sus colmillos sean así de blancos? Si es una bestia, entonces sus colmillos deben ser amarillos y quizá su hocico no huele muy bien. Cuando la Bestia le habla de cerca a la Bella, ¿es que no siente su aliento? Apuesto mil a uno a que tiene un aliento terrible. Mario es un niño, lo sé, por eso no piensa en estas cosas, a él sólo le interesa que bailen y canten y se tomen de la mano. Pero si lo pensara bien, sabría que es asqueroso.
Con eso en mente (no podía quitarme de la cabeza la imagen de la Bestia besando a la Bella) me fui a mi cuarto a cambiarme de ropa y ponerme tenis.
Afuera el día no parecía decidirse entre el frío o el calor. Cuando te colocabas bajo la sombra era frío, pero el sol quemaba y me provocaba cosquillas en el cuerpo. El tablero de basquet que construimos Pepe y yo un año atrás lucía encorvado, pero no es que lo estuviera, sino que lucía así por efecto de la red estropeada y sucia que colgaba en retazos. Al principio hice tiros normales y de rebote y luego practiqué un tiro que suelo hacer bastante seguido (y que en realidad es una copia del tiro de Jordan) en el cual boto la pelota de espaldas al tablero, hago una finta rápida a la izquierda, giro de pronto a la derecha y salto hacia atrás al tiempo que disparo a la canasta siguiendo con mi mano la curvatura del balón. El sonido que hace al rozar la red es delicioso. No es un tiro fácil porque necesitas mucha fuerza en los brazos y en las piernas. Otro movimiento que me gusta es cuando entras hacia el tablero y en el camino rodeas tu cintura con el balón y tiras buscando la esquina baja del tablero. Después pratiqué los tiros de tres, mis preferidos, y mucho más emocionantes cuando en el reloj (suponiendo que hubiera un reloj encima del tablero, como en la NBA) sólo quedan cinco segundos y entonces recibes el pase desde la esquina, haces un par de movimientos y con medio segundo disponible tiras a la canasta y te cubres de gloria (o de fracaso, aunque en este caso siempre prefiero hacer como que no sucedió). Hice un tiro de tres y acerté. Pude escuchar a la gente ovacionárme y sentir los abrazos de mis compañeros agradecidos. Para llorar de la emoción.
Estuve un rato salvando partidos en el último momento cuando por la esquina dobló el tsuru de los vecinos y se estacionó junto al bordillo. La salpicadera derecha tenía otra abolladura y el auto entero estaba cubierto de una gruesa capa de polvo, como si hubiera hecho un viaje interminable a través de un gran desierto. De un vistazo y a través del parabrisas advertí a la madre de Cristian. Al bajar del auto se quitó las gafas y las colocó dobladas en el escote de su suéter. Yo seguí botando el balón, pasándomelo entre las piernas y por detrás de la cintura, consciente de que me encontraba bajo su mirada y pensando que me iba reclamar algo, o que me iba a pedir que por favor no golpeara el auto o algo así; por eso seguí botando el balón sin hacerle caso, haciendo fintas de tiros y giros y pasándome el balón ya no por entre las piernas sino por detrás de la espalda para recuperarlo con la otra mano, dándole a entender que el basquetbol no es sólo tirar a la canasta sino practicar movimientos básicos como los que estaba haciendo.
De reojo vi que en vez de entrar a su casa tomaba asiento en el cofre del tsuru y abrazaba el bolso y la carpeta que llevaba en las manos. Ante esa situación admito que no pude controlarme, así que me puse a hacer cosas que nunca había hecho antes; incluso hice un movimiento que sólo es de faroles, marca registrada de Jordan. Se trata de entrar por uno de los lados del tablero, saltar con el balón en lo alto y, mientras estás en el aire, bajar el balón, pasar al otro lado del tablero y encestar de rebote. En ves de entrar, el balón golpeó la esquina del tablero y se fue a perder en la jardinera donde una vez mi madre intentó hacer crecer un árbol frutal.
Recuperé el balón de entre las hierbas y al incoporarme vi que la madre de Cristian estaba justo debajo del tablero inspeccionado la red y el aro. Fue una visión alucinante y no sé cómo explicarla. Por primera vez en mil años me fijé en cómo iba vestida, en los jeans ajustados color rosa, en los zapatos de ante, en la blusa ocre escotada y el suéter, también rosa, abrochado sólo por dos botones a la altura del estómago; el cabello, al cual golpeaba el sol en esos momentos, tenía un sólo reflejo dorado, como tímido, entre la cabellera espesa y rizada; los labios, del mismo color de la blusa, y un reflejo blanco debajo de los ojos y rímel en las pestañas. Al acercarme dejó de inspeccionar el tablero y me sonrió. Tenía dientes pequeños y sólo yo sé cuánto me gustan los dientes pequeños. Adriana tiene dientes pequeños, pero torcidos, lo que en realidad los vuelve desagradables; pero estos dientes eran pequeños y rectos y blancos. Estaba tan cerca de mí que pude oler su perfume y ver el color de sus ojos. Sin que me diera cuenta (todavía no me lo explico) nos pusimos a platicar y ella me preguntó si me gustaba el basquetbol y si lo practicaba mucho y cuánto tiempo tenía jugando, a lo que yo le contesté con precisión, aunque tímidamente; ni siquiera sé si dije hola pero de pronto estábamos hablando y ella sonreía con sus dientes pequeños y rectos, y yo sonreía cuando ella sonreía y trataba de reír cuando ella lo hacía. En determinado momento le dije que en realidad me gustaba correr y que iba a convertirme en corredor profesional; y no sé por qué se lo dije; era la primera vez que hablábamos.
Ella pareció dudarlo un poco. Y mientras dirigía la vista a un tipo que recorría la calle en bicicleta, la volví a mirar detenidamente; éramos del mismo tamaño.
-¿Puedes ganar dinero corriendo? -preguntó. Era muy simpática; te preguntaba sonriendo. Esta vez me fijé en las arrugas pequeñas de las sienes y también me parecieron simpáticas.
-Claro -dije.
-No lo sabía.
-Tengo amigos que ganan bien corriendo -dije-, uno de ellos ha ganado dos maratones -no era cierto, en realidad sólo había quedado entre los primeros diez pero aún así ganó buen dinero, por lo que uno ni siquiera tenía que ser el mejor para ganar dinero.
-Pero no es algo a lo que puedas dedicarte toda la vida -dijo, a medias entre la pregunta y la afirmación.
El comentario me pareció chocante porque es lo que habría dicho Katia -lo que dice, de hecho- y porque sé que mis respuestas nunca parecen suficientes. Iba a contestar lo de rigor cuando ella hizo un movimiento:
-Pero si es lo que te gusta, creo que debes hacerlo.
-Me gusta -dije. Ella sonrió y miró hacia el fondo de la calle. Yo, en cambio, no quería mirar hacia ningún lado porque no deseaba encontrar a alguien conocido; por un momento deseé que no existiera nadie más en esos momentos. Es rarísimo, lo sé, pero eso es lo que deseé. Entonces, la mamá de Cristian dijo que entre las cosas de su hijo había un balón, o eso recordaba, y me preguntó si me interesaba, a lo que no respondí porque se sobreentendía que sí me interesaba.
-¿Sabes que está en los Estados Unidos? -preguntó.
Todos lo sabíamos. Se había ido con su papá unos cuantos meses atrás. Cristian nunca fue mi amigo, quiero decir que nunca lo consideré mi amigo aunque es posible que él me haya considerado el suyo; no lo sé. Le dije que lo sabía y ella hizo un gesto que significaba, al mismo tiempo, que ya sabía que yo lo sabía y que la siguiera.
La seguí por su patio hasta la casa, a la que nunca había entrado en parte porque Cristian nunca me invitó y en parte porque me desagradaba su padre, y mientras la seguía no pude evitar mirar su cuerpo, que no era como el de Adriana, y ni siquiera como el de Julia, sino un cuerpo completamente diferente que me llevaría años intentar explicar. Cuando se deshizo del súeter observé discretamente las pecas de sus hombros y de su pecho; la textura de la piel era diferente también, y el aroma mucho mejor; no sé por qué pero me imaginé que su piel era fría y que si posaba una mano sobre su hombro, digamos, nuestras diferentes temperaturas serían tan palpables que podríamos sentir dónde terminaba la piel de uno y comenzaba la del otro.
-¿Quieres algo? -preguntó-. ¿Agua? ¿Café?
Nunca tomo café, al menos nunca a mediodía, pero dije “café.” Me pidió que me sentara y se dirigió a la cocina. El sillón amarillo en el que me senté se encontraba recargado a la ventana que daba al patio y frente a una tornamesa de madera brillante. A un lado había un montón de discos de toda clase; se veía que le encantaba la música. En la pared que conducía a la escalera había retratos de Cristian y de la boda de sus padres. Sobre la tornamesa también había fotos de Cristian y de su padre, pero ninguna de ella, lo que me de entrada me pareció raro, pero no mucho dado que quienes estaban lejos eran ellos y no ella.
Me senté muy recto en el sillón tratando de no tocar los cojines ni los portabrazos y escuchando los ruidos que salían de la cocina; por ellos podía saber lo que la madre de Cristian estaba haciendo. Al cabo de no sé cuánto tiempo salió de la cocina con dos tazas de café y las colocó en la mesita de la sala, una mesita de vidrio ahumado sobre la que había ceniceros gruesos en cada esquina. Se sentó en el mismo sillón junto a mí con las piernas juntas y las manos sobre las rodillas.
-Puedes lavarte las manos -dijo, señalando el baño.
Me levanté y fui al baño que se encontraba debajo de las escaleras. Tenía varios tipos de jabones, algunos en forma de animales y otros en forma de fruta y todos estaban secos y sin usar, pero no veía qué otra cosa podía usar para lavarme. Elegí el que tenía forma de limón. Luego dudé si usar la toallita blanca que colgaba junto al lavabo, pero decidí no hacerlo.
Cuando volví a la sala ella estaba tomando café. Yo di un sorbo al mío. El sabor me pareció demasiado fuerte. Dejé la taza sobre la mesa, tratando de que no chocara fuerte contra el cristal, y agregué un par de cucharadas de azúcar.
-¿Y cómo está Marta? -preguntó.
-¿Quién?
-Tu mamá.
-Bien -dije.
Di vueltas a la cucharita. Definitivamente no me gusta el café. La madre de Cristian bebió el suyo como si yo no existiera, o eso fue lo que me hizo sentir, y sólo de vez en cuando me miraba y decía algo, como que Cristian extrañaba mucho México, o que Cristian esto y aquello, y la verdad es que yo sólo veía sus dientes pequeños y rectos (ya también sus muslos, cuando podía), y asentía a todo lo que me decía pese a que sólo me hablaba de Cristian. Hubo un momento en que quise preguntarle qué hacía ella pero eso habría implicado hablarle de tú o de usted, y no podía decidirme. La verdad es que no soy buen conversador, al menos no en situaciones como esa, que son, paradójicamente, cuando tienes que saber conversar. Katia dice que parezco un tonto por la manera en que hablo, pero ella no es mejor porque lo que dice es siempre negativo y nunca encuentra algo positivo en la televisión o en las personas que conoce o en las cosas que decimos. Ni siquiera encuentra interesante lo que mi padre cuenta. Para ella todo tiene algo malo. Y en esas condiciones, sinceramente prefiero no decir nada a ser un amargado como mi hermana.
Cuando acabó con su café (yo no iba ni a la mitad), me preguntó si quería ver el balón. Dije que sí y la seguí escaleras arriba hasta la habitación de Cristian. Para empezar era del doble de tamaño que la mía, con alfombra y un enorme closet que ocupaba toda la pared. En las paredes había pósters de jugadores de basquet y de futbol. Tenía una repisa con una colección semi completa de los personajes de Hee-Man; y en la parte baja del clóset había zapatos viejos y cajas llenas hasta el tope de juguetes y de cosas como una manopla de catcher y un bat pequeño de madera. Su madre corrió la puerta del clóset y tomó el balón. Era un Spalding casi nuevo. Lo tomé en mis manos y le di vuelta para inspeccionar el logo de la NBA; intacto, sin usar.
-Es original -pensé, en voz alta.
-¿Lo quieres?
El balón giraba en mis manos lentamente y la textura era la misma que debían sentir gente como Jordan o Pippen, y no es que me importara mucho pero era un Spalding original y yo nunca había tenido uno. Además, viviendo en los Estados Unidos era más que posible que Cristian pudiera conseguirse otro mucho mejor. Le di otra vuelta entre mis manos.
-¿Te interesa algo más? -preguntó, hurgando en las cajas y sacando las cosas más disímiles, como una enorme navaja suiza y un reloj con cronómetro, y una brújula. De un vistazo puede ver unos binoculares, y unos guantes de portero. Creo que Cristian nunca había usado ninguna de esas cosas.
-De todas maneras tengo que deshacerme de esto -dijo.
-El balón está bien -murmuré yo, mirándola hacia abajo porque se había colocado en cuclillas e inspeccionaba entre las cajas. En esa posición me pareció incluso más bella que antes. Su cabello parecía más ondulado y cubría apenas sus hombros. Me pregunte qué podría pasar si la tocaba, quiero decir, si alargaba una mano y tocaba su cabello o su cara, o si acercándome la abrazaba por la cintura y la besaba: quizá ella también me besaría y ocuparíamos, quizá, la cama de Cristian para abrazarnos y seguirnos besando. Fue tanta la tensión que moví un brazo hacia ella, pero sólo un poco y creo que más bien moví los dedos aunque era todo yo el que se movía hacia ella, como uno de esos fantasmas que entran a otros cuerpos y permanecen ahí sin que la persona se de cuenta. Moví los dedos hacia su hombro y estuve a punto de tocarla, pero ella se giró de pronto y me hizo un gesto en el que se mostraba la duda y el escepticismo al tiempo que me mostraba un muñeco de Star Wars.
-¿No? -preguntó, como temerosa de hacerlo.
-Gracias por el balón -dije.
Me acompañó hasta la puerta y ahí me dijo que le saludara a Katia y a mis padres. Dije que sí y me fui directo a casa y a mi cuarto donde me arrojé a la cama y, ahogando la cara en la almohada, comencé a imaginar una historia alterna en la que una vez en la habitación de Cristian ella me tomaba una mano y me llevaba a la pequeña cama donde hacíamos el amor; imaginé también otra historia en la que sólo nos besábamos y me pedía volver a su casa por la noche; también me imaginé tomándola de la mano y besando sus piernas y sus hombros. ¿Cuánto puntos valdría todo eso? Sería como estar más allá de cualquier medida. Y Adriana, si le contara, no lo querría creer, y se sentiría celosa, y quizá dejaría de hablarme definitivamente.
Hundí más la cara en la almohada y estaba por sumergirme en otra historia cuando me acordé de Mario. Lo busqué en la habitación de mis padres, y luego en los baños y en la cocina; revisé detrás de los sillones y en el interior de los clósets y revisé debajo de las camas. Luego bajé a la cocina gritando su nombre, algo nervioso de que se lo hubieran robado mientras yo estaba con la mamá de Crsitian. Pero en ese momento escuché que me gritaba desde el patio que hay detrás de casa. El jardín (que no es propiamente un jardín, pero así lo llamamos), es un espacio de tres por tres metros donde están la lavadora y los tendederos, y donde Mario estaba en cuclillas frente a dos frascos de vidrio cubiertos en la boca por una tela blanca. Me coloqué en cuclillas junto a él y contemplé el frasco más grande.
-¿Qué haces?
-Me los trajo mi papá -dijo.
Los grillos apenas se movían dentro del frasco y daban pasitos sobre el pasto color amarillo deteniéndose de pronto como para dar un enorme salto, lo que ya nunca más iban a dar.
-Por aquí respiran -dijo, señalando la tela.
El otro frasco contenía una mantis. Lo supe porque había visto fotos en algún libro de Katia, creo, o en la televisión, no recuerdo, pero sé que era una mantis.
-No me gusta -dijo Mario
Sus extremidades (las de la mantis, no las de Mario) se movían lenta pero finamente, rozándose la cabeza como preparándose para un festín. No parecía la clase de animal para un niño pero no dije nada y seguí mirando al bicho hasta que estar ahí mirando bichos me pareció lo más aburrido del mundo. Entonces me recosté boca arriba y Mario hizo lo mismo; posó las manos sobre el estómago y miró hacia las nubes, que en ese momento eran blancas y pesadas sobre un fondo azul claro. Desde mi posición pude contemplarlo: sus largas pestañas que temblaban cada tanto; su playera de Mazzinger Z; los shorts de mezclilla y los tenis de color rojo por un lado y amarillo por el otro. Llevábamos como cinco minutos cuando Mario me dijo de pronto:
-Mi mamá dice que te peleaste.
-Algo así -acepté yo.
Suspiró. Sus suspiros parecían brotar de cuestiones que le parecía increíble no comprender. Dijo:
-¿Has visto un ovni?
-Yo no -dije-, pero ha habido avistamientos.
-Mi mamá dice que no.
-¿Crees en los Santos Reyes?
-Sí.
-¿Los has visto?
-No.
-¿Entonces cómo sabes que existen?
-No sé.
-Hay universo para todos -dije, repitiendo una frase que había escuchado en la televisión. En ese momento, de hecho, me estaba acordando de lo que habían dicho los ufólogos en un especial: “Hay suficiente universo y tiempo para que se desarrolle no una sino miles de civilizaciones. ¿Somos tan egoistas como para creer que el universo es sólo para nosotros?” Y ese es uno de mis argumentos a la hora de hablar sobre la posibilidad de vida en el espacio exterior. ¿Cómo podemos ser tan egoístas? ¿Cómo puede el hombre, que es un átomo en el espacio, considerarse el único ser inteligente del universo? Es completamente ridículo. Pero hay mucha gente (como Katia) que te mira con ojos de “no seas idiota” y dice que es imposible, dado el tamaño del espacio, que otros seres puedan llegar con vida hasta nuestro planeta. Yo pienso que si son seres inteligentes lo serán lo suficiente como para llevar provisiones y cosas así.
-¿Cómo es el universo? -preguntó Mario.
-Oscuro -dije-, y muy grande.
-¿Como México?
-Como muchos Méxicos.
Volvió a suspirar. Miré hacia el hondo cielo preguntándome dónde estaría Cristian en esos momentos. Y luego pensé en ella viviendo sola. La imaginé recostada en su cama, semi desnuda, mirando televisión. Todavía tenía el sabor a café en la boca y eso me reconfortaba y al mismo tiempo me volvía palpable la posibilidad de volver a verla; y quizá entonces podría ocurrir algo. ¿Pero qué iba a ocurrir? Y si ocurría, ¿cómo ocurriría? Todavía tenía ciertas dudas sobre ciertos aspectos de estar con una mujer. Algo que sé de cierto es que una vez con ellas debes besar sus pechos, porque eso les encanta, y puedes besarlos en lo que se te ocurre qué demonios hacer. Por eso no habría problema, pero no podía imaginarme cada uno de los pasos que tendría que dar para por fin besarla. Quizá tendríamos que volver a hablar. Mientras pensaba en todo (y es curioso) estuve viendo a la mantis y a los grillos sin pensar verdaderamente en ellos sino sólo viéndolos moverse. Aun así, me levanté de un salto y le dije a Mario que abriera el frasco de los grillos.
Él me miró fijamente mientras yo tomaba el frasco de la mantis y le quitaba el cordón que sostenía la tela. Le señalé otra vez el frasco de los grillos.
-Ábrelo.
-No quiero -dijo él.
-No seas tonto. Abre el frasco.
-No quiero.
-No seas marica. Sólo vamos a ver qué pasa. No creo que a los estúpidos grillos les interese.
-No les digas estúpidos.
-Estúpidos.
-¡No!
-Okey, no son estúpidos. Abre el frasco.
Sin borrar el gesto Mario se arrodilló y desató la cinta que cubría el frasco, lo alzó hacia mí y yo dejé caer a la mantis entre el pasto y los grillos. Durante cinco minutos aguardamos a que sucediera algo, que los grillos atacaran a la mantis o que la mantis los atacara a ellos, la clase de escenas que pasan en la televisión, pero después de unos minutos ni la mantis ni los grillos habían hecho un movimiento y Mario perdió el interés y entró a la casa, prendió la tele y se echó en el sofá. Yo todavía los contemplé un rato más esperando que sucediera algo; pero cuando nada sucedió me reuní con Mario y le acaricié la cabeza.
Katia llegó por la tarde, después que hubimos comido. Libre de Mario subí a mi habitación y estuve leyendo un libro que trata sobre las abducciones y sobre los atajos en el universo. A eso de las cinco tomé mis cosas y me fui a entrenar. Los últimos días había estado yendo temprano para no ver a Julia. Cuando nos encontrábamos en la pista apartaba la vista de ella, lo que no quiere decir que no le mandara un montón de señales mentales, que es como decir yo estoy aquí y sé que tú sabes que yo estoy aquí, y viceversa. No puedo decir si estaba teniendo resultados. No es un asunto fácil. Julia no estaba. Di veinticinco vueltas en la pista con un tiempo bastante bueno. Luego, recostado sobre el pasto, hice estiramientos y respiraciones. Al final me cambié y volví a casa cuando en el horizonte comenzaba a crecer una franja roja de nubes y el cielo comenzaba a oscurecer.
Al acercarme por nuestra calle advertí el volkswagen de Pepe; su codo oscuro salía por la ventanilla; me acerqué y finalmente lo vi, fumando un cigarrillo.
-Sube -dijo.
Se acomodó en el asiento del conductor y lanzó el cigarrillo a la calle, mirando por el parabrisas a ningún punto en particular, preparando sus palabras. Yo me removí en el asiento y bajé la ventanilla, luego la subí y volví a bajarla, totalmente inconsciente de que lo hacía, mientras el viento entraba y salía de golpe del auto y yo esperaba sus primeras palabras. Por su seriedad adivinaba que era algo importante, pero no tenía idea de qué se trataba.
-Deja de hacer eso -dijo. Dio una fumada larga y yo aparté la mano de la manija.
-¿En qué estabas pensando? -dijo.
-¿Pensando de qué?
-Ya lo sabes.
Di un repaso mental de mi situación, retrociendo tres días por lo menos, analizando cada evento, cada palabra. ¿Qué podía estar mal? No tenía idea.
-Mira, si es por la escuela…
-No estoy hablando de la escuela. Hablo de Mario. ¿Sabes lo que esos insectos significaban para él?
-¿Cuáles insectos? -dije.
-Los que Mario estaba criando. Y no te hagas el idiota. Mario dice que te dijo…
-¿Los grillos?
-No puedo creer que seas tan estúpido, en serio.
-No pensé…
-Ya lo sé, tú nunca piensas nada. Deberías pensar de vez en cuando.
-Pienso -dije.
-Mario no quiere verte.
-Voy a disculparme.
-Eres un imbécil -dijo, y me pidió que bajara del auto.
Ni siquiera me despedí de él. El volkswagen se alejó traqueteando por entre los baches de nuestra calle.
Cuando entré a la sala Mario miraba televisión. Tenía los ojos llorosos e hipaba. Con esfuerzos me dijo:
-Te llama mi mamá.
Así que fui a la cocina donde Katia estaba cortando verduras. Abrí el refrigerador y saqué la botella de coca-cola. Ni siquiera me dijo hola.
-¿Estuviste usando mi estéreo?
-Sí, ¿por?
Suspiró.
-Porque ya no funciona bien. No sé qué le hiciste pero la casetera no quiere arrancar.
-Sólo puse un caset, y funcionaba bien.
-Pues ya no funciona. ¿Lo vas a arreglar?
-Yo no lo descompuse.
-¿Entonces quién?
-No lo sé.
-¿Quién descompuso la videocasetera la última vez?
-Ya estaba descompuesta.
-Eres increíble -dijo.
No podía hacer otra cosa que guardar silencio. Katia tomó otra zanahoria y la cortó en rebanadas. Aunque quisiera no podía irme si ella no daba el visto bueno; y no es que no pudiera hacerlo sino que es una regla que no sé por qué uno tiene que acatar. Y si no lo haces, peor para ti. Así que esperé de pie hasta que ella vació todas las verduras en un colador. Luego se secó las manos y encendió un cigarrillo.
-¿Entonces?
-¿Entonces qué?
Dio una fumada larga. Pude ver cómo su tórax se expandía y enseguida el humo salía en línea recta hacia mí. Ni a ella ni a mi madre les preocupa que yo sea un atleta, siguen echándome su estúpido humo en la cara.
-Mira, puedo arreglarlo, pero yo no lo descompuse. A lo mejor fue Mario, o se descompuso sólo. Yo no soy el reponsable de todo lo que pasa en esta casa.
-Mario me dijo que lo pusiste a todo volumen.
-¿Y?
-Pues así es como se descomponen.
-Katia, es un estéreo, para eso sirve.
-Pero tiene un límite. No puedes subirle todo el volumen.
-Yo no fui.
-Mario tampoco fue.
-Entonces no sé quién pudo haber sido -dije-; es tu palabra contra la mía.
-¿Eso crees? Perfecto.
De nada servía alegar.
Subí a mi habitación y me senté al escritorio con el cuaderno extendido frente a mí. Escribí:
Adriana, hace mucho que no nos vemos ni hablamos. ¿Cómo estás? Yo, con miles de problemas. Creo que nunca había tenido tantos problemas en mi vida. Es como si al morir uno de las cenizas naciera otro. Me pregunto cuándo dejará de ser así. A lo mejor dentro de unos años, cuando tenga todo resuelto. Pero mientras tanto parece que debo soportar a mis padres y a Katia. Ahora estoy escuchando el caset que me regalaste. Es muy bueno. Y me estoy acordando de muchísimas cosas que hicimos juntos. A lo mejor un día volvemos a ser novios, ¿no lo crees? Quizá cuando no tenga tantos problemas y cuando todo sea mejor y yo sea ya un corredor profesional. Hoy corrí como no tienes idea. Olvidé el reloj pero creo que fue mi mejor tiempo. Por la mañana estuve viendo La Bella y la Bestia con mi primo Mario. Es una película buena, desde cierta perspectiva. No me gusta tanto como historia (porque es para niños) sino, como dices, por la enseñanza de la historia. Quiero decir, es formidable cómo se pueden dar esos sentimientos entre dos personas -en caso de que la Bestia sea una persona- que no tienen nada en común. Aprendí mucho viéndola. Mi primo está criando grillos y hoy por la mañana también estuve estudiándolos. Son muy interesantes. El caset que me regalaste, repito, es buenísimo. Ojalá estés bien. Ojalá y podamos vernos pronto. Como te dije, tengo miles de problemas. Hoy, por cierto, me acordé de esa historia que escribiste, la del Señor Bravo, y entiendo por fin lo que me quisiste decir.
Cuando escribí esto último me asomé a la ventana atraído por el motor de un auto. Las ramas secas del roble se agitaban por el viento y apenas se veía algo pues la farola de la esquina había dejado de encenderse desde hacia una semana atrás. El ruido del motor se desvaneció pronto. Y luego, todavía mirando hacia la calle a través de las ramas del roble, pensé que por fuerza todos esos problemas tendrían que quedar atrás, llegaría un momento en que todo estaría bien y desde el que por fin podría comenzar a vivir como yo quería. Volví al escritorio y contemplé la carta. Me pareció curiosísimo que un minuto atrás me pareciera la carta más sincera que había escrito en mi vida y un minuto después algo que sólo decía tonterías. Hice una bola con ella y la lancé al bote de basura. El papel golpeó la pared, rebotó en la orilla del bote y cayó fuera, en el piso.
