Ensayo • Diciembre 2007
Fuera del clóset y del librero
Cuando supe que luego de más de 30 años de negocios, la librería Oscar Wilde en Nueva York (que afirmaba ser la primera librería gay y lésbica del mundo) se proponía cerrar sus puertas, la noticia me provocó una punzada de nostalgia. En 1983 trabajé allí por exactamente un día. Hacía seis meses que había salido de la universidad, quería ser un escritor, recientemente había salido del clóset y necesitaba un trabajo de medio tiempo. La Oscar Wilde me pareció justo lo que buscaba.
Lo recuerdo como un lugar acogedor y bastante melancólico. Después de un breve recorrido, su dueño, Craig Rodwell, me hizo sentar en la recepción, me mostró cómo manejar la caja registradora y me dijo lo que él consideraba la regla fundamental del lugar: decir “Hola” a cada cliente que entraba. Había gente en el mundo para quien solamente cruzar el umbral de una librería gay exigía coraje, y él quería que ellos se sintieran bienvenidos, no intimidados.
Ese día estuve a prueba. Dependiendo de cómo lo hiciera, probablemente me ofrecería un puesto permanente. Así que por siete horas me senté detrás de la caja registradora, registré las compras, dije una y otra vez “Hola”, y, cuando no había clientes, eché un vistazo a la mercancía. ¿Cuál era un libro adecuado para la Oscar Wilde? En la sección de ficción lésbica estaba la novela de Rita Mae Brown, Rubyfruit Jungle (1973), lo cual tenía sentido: el cuento de Brown sobre la madurez sexual de una joven en el Sur Profundo fue el epítome de la novela lésbica. Aún así no había una copia de A Compass Error (1969), de Sybille Bedford, con su relato sin tapujos del amor y la traición entre mujeres durante la Segunda Guerra Mundial.
Jane Richlovsky, The Buddy System, 2004
Óleo sobre tela estampada
101.5 x 109.2 cm.
¿Esto, me pregunté, porque Bedford, a diferencia de Brown, no era abiertamente lesbiana? ¿Un escritor tenía que declarar públicamente su homosexualidad para ser vendido en la Oscar Wilde? De ser así, quizás esto pueda explicar por qué no había copias de Falconer, de John Cheever (en la que el héroe, después de matar a su hermano, experimenta una especie de redespertar espiritual y carnal en la cárcel) en la sección de ficción de hombres gay, junto con Dancer from the Dance, de Andrew Holleran, y Faggots, de Larry Kramer, ambos por la autoidentificación de autores gay urbanos. Pero había muchas copias de Front Runner, de Patricia Nell Warren, un clásico de la época. Warren era mujer y era lesbiana escribiendo sobre hombres gays. ¿Entonces por qué no Cheever?
No obtuve el trabajo; sospecho que porque me quejé con Craig, demasiado fuerte, sobre los libros que no estaban presentes, dándole un sermón sobre los peligros de confundir la ficción con la propaganda. ¿Quién quiere ser aleccionado? O quizás el momento fatal vino cuando él me preguntó sobre mi “experiencia en el movimiento*”, y yo trastabillé. Pensé que él estaba hablando de bailar. Cuando atardeció, me pagó, me dio un no-nos-llames-te-llamaremos, sonrió y me mostró la puerta. Desde entonces, he pasado mucho tiempo en las librerías gays (a veces como autor dando una lectura, a veces como cliente) y mi actitud continúa siendo muy similar a la del día que trabajé en una: la gratitud cediendo paso a la confusión y luego a la molestia.
Aunque es probable que la Oscar Wilde fuera la primera librería autoidentificada como gay, la idea se remonta a una fecha tan temprana como 1913, cuando el expatriado escritor estadounidense Edward Prime-Stevenson introdujo un volumen de cuentos, Her Enemy, Some Friends and Other Personages, con este aviso: “La edición extremadamente limitada de este volumen lo restringirá a estar disponible sólo dirigiéndose a ciertos libreros del continente europeo: incluyendo la librería Kundig, Núm. 11, Corraterie, Génova, Suiza; H. Jaffe, Núm. 54, calle Brienner, Munich, Bavaria; Successori B. Seeber, Núm. 20, Via Tornabuoni, Florencia, Italia”. En Out of the sun, una de las historias, Prime-Stevenson describe una librería de temas homosexuales: “amontonados en los estantes inferiores, como si buscaran evitar otras compañías literarias, separarse a sí mismos, evadiendo toda observación antipática”.
La segregación y la discreción fueron asimismo las contraseñas de las primeras librerías gays estadounidenses, la mayoría de ellas eran literalmente clósets: mal ventilados, oscuros y diseñados para que el interior no se pudiera ver desde la calle. Aunque la visibilidad quizás sea la meta del Movimiento de liberación gay (”we’re here, we’re queer, get used to it”*), esto estaba en contra de las exigencias de la librería gay; sobre todo proveer un espacio seguro para que la gente hojeara sin preocuparse de la “observación antipática”. Una, en Montreal, cubría sus vitrinas con páneles de tela dándole la apariencia de una tienda porno. Para algunos era eso: las porno fueron el pan y la mantequilla de las librerías gay, con el resultado de que las visitas de escritores gays, como yo, a menudo terminaban dando sus charlas y lecturas frente a estantes llenos de cintas VHS y botellas de lubricante. Al momento de los pagos, el clásico porno Like a Horse se vendía mejor que el clásico literario A Boy’s Own Story.
Desde luego, todo esto cambió. Pronto las mismas tiendas empezaron, por así decirlo, a salir del clóset, exponiendo los libros (y los clientes) a la fresca luz del día. Estos fueron gestos de liberación, pero también señalaron la declive de las librerías gays y aunque, a última hora, un benefactor intervino para impedir el cierre de Oscar Wilde, la mayoría de su tipo pronto salieron del negocio. El Internet asumió todas las funciones que las tiendas habían tenido como “recursos de la comunidad”, mientras la llegada de las cadenas significó que los mismos libros que normalmente habían estado disponibles en las librerías gays ahora pudieran encontrarse en cualquier parte. La ética de las cadenas fue sofocar por emulación, y entonces Borders (pero no Barnes & Noble), como si rindiera homenaje a las tiendas que había ayudado a cerrar, montaba áreas de ficción de hombres gay que muchas veces eran más molestas por lo que no había que por lo que había. En una reciente expedición encontré mis libros en el librero de ficción gay masculina, junto con los de Edmund White y los de Alan Hullinghurst. Pero los de Michael Cunningham y los de Colm Toibin estaban en la sección de ficción general, mientras que los de James Baldwin estaban en ficción afroamericana. Incluso El cuarto de Giovanni (cuyos héroes, aunque gays, son de raza blanca) estaba en ficción afroamericana.
Como sea, hay un problema mayor. Una librería gay (o un librero gay en una librería general) implica que haya tal cosa como un libro gay. Cuando yo empecé a escribir, una novela gay, por lo menos, era bastante fácil de definir. En ella la homosexualidad del héroe o de la heroína estaba por necesidad en el centro dramático de la trama. Más que eso, una novela presumía que la homosexualidad de cualquier persona gay estaba en el centro de la trama; que en el juego de identidad piedra-papel-o tijera, la gay siempre era la piedra. De acuerdo con esta definición, Maurice, de E. M. Forster probablemente fue la primera novela gay, en ella se contaba del despertar gradual de un joven a su propia homosexualidad, su iniciación en el sexo y el amor, y su subsiguiente decisión de vivir con su amante fuera de la sociedad más que rendirse a sus ortodoxias presupuso que su homosexualidad fuera intrínseca a su propio ser.
Sacar a la luz tal novela (especialmente en la primera mitad del siglo XX) requería de un coraje del que Forster careció; aunque Maurice fue escrita en 1914, él no dejó que fuera publicada hasta después de su muerte, en 1970. Por entonces habían aparecido tantas novelas gays que los críticos no reconocieron su originalidad y fuerza. Esas novelas reflejaban las preocupaciones de una época en la que, especialmente en el mundo anglosajón, la idea de la homosexualidad como una identidad fue suplantando una concepción más vieja de la homosexualidad como un comportamiento o una fase a la que una persona podía eventualmente dejar en el pasado o renunciar; es decir, si no se suicidaba primero. En tales libros, la homosexualidad era un Asunto Muy Importante y tenía que ser tratado como tal si es que se quería mencionarlo del todo.
Incluso antes de la publicación de Maurice, sin embargo, habían empezado a aparecer libros que, aunque trataban explícitamente la homosexualidad, cuestionaban esta definición de la novela gay. La novela de Bedford, A Compass Error, fue ejemplar, no obstante su heroína lésbica piensa que duerme con otras mujeres, nunca parece considerar que su deseo de dormir con otra mujer sea algo de lo que deba preocuparse (el problema es la mujer con la cual elige acostarse). Las novelas y cuentos de escritores gay que no encajaban en el molde eran tan difíciles de clasificar como aquellas de los escritores heterosexuales (por ejemplo Torridge, de William Trevor) que lo hacían. Tampoco ayudaba al asunto que muchísimos escritores gays se alzaran al nivel de “escritor gay”, en el cual su obra sería relegada al equivalente contemporáneo de los estantes más bajos en la biblioteca de Prime-Stevenson.
Las actitudes fueron cambiando más rápido que los hábitos. Mientras lo hacían, la novela gay, junto con la librería gay, fueron volviéndose obsoletas. Principalmente, y ahora, gracias en gran parte a los esfuerzos de los hombres y mujeres que abrieron las primeras librerías gays, una nueva generación está madurando y para ella todo el asunto de la homosexualidad es sólo una de una gran multitud de maneras de ser. Cuando yo era estudiante universitario y asistía a talleres de narrativa, llevaba cuentos con personajes gays a clases con el mayor desgano: temía la intolerancia de mis compañeros… y la vivía. (”Por no ser yo un ho-mo-sexual, esto no me incumbe”.) Hoy incluso mis estudiantes heterosexuales en la Universidad de Florida ponen personajes gays y lesbianas en sus cuentos sin parpadear. ¿Por qué no deberían hacerlo? Después de todo, cuando Ellen* [Degeneres] salió del clóset, algunos de estos muchachos sólo tenían diez años.
Es como si hubiera una fatiga en lo que concierne a la novela gay, con el resultado que incluso Edmund White, lo más cercano a un experto que la novela estadounidense gay nunca ha tenido, hace dos años publicara un libro (Fanny: a fiction) en la que virtualmente no hay personajes gays, y ahora está escribiendo una novela sobre Stephen Crane.
Cada vez más, la ficción gay está cediendo ante la ficción post-gay: novelas y cuentos cuyos autores, en vez de tener la homosexualidad de un personaje como el punto bajo el cual gira la trama, lo dan por sentado, considerándolo como parte de algo más grande o ignorándolo por completo. Buenos ejemplos de la ficción post-gay incluye las historias de Allan Gurganus, Adam Haslett, J.T. LeRoy y Brian Leung. Luego, está la obra de A. M. Homes, una mujer que escribe brillantemente sobre adolescentes gays, y las novelas de Sarah Waters, en las que las protagonistas lesbianas crecen en cuartos pintados y vuelven de una Inglaterra victoriana en donde se supone no deberían existir. En la mayoría de estas obras ser gay no es lo central; esta es sólo gente viviendo sus vidas.
La diferencia entre gay y post-gay podría ser ejemplificada por dos de los cinco finalistas para el premio Man Booker de este año [2004]: The master, de Colm Toibin, y La línea de la belleza*, de Alan Hollinghurst, quien lo ganó. The master indudablemente es una novela gay muy tradicional, que consiste, como dijo un amigo, de “capítulo tras capítulo en los que Henry James no sabe lo que ya todos sabemos que él no sabe”. El héroe de La línea de la belleza reconoce claramente que él es gay, pero el relato se enfoca más en sus experiencias que en sus luchas por definirse. Lo reconozco, La línea de la belleza trata de mucho más que de ser gay en Londres en los años ochenta; trata del mundo de ese tiempo, su política y geografía moral, y por lo tanto trata de la historia y lo que significa ser humano, y vivir en ese mundo.
Alguna vez fue revolucionario publicar una novela gay o abrir una librería gay, pero es posible que haya llegado el tiempo en que lo revolucionario sea jubilar completamente esa categoría. Yo estoy por pasar al futuro post-gay: esta es la razón por la que cada vez que voy a Borders traslado algunos libros del estante de ficción gay a la sección de ficción general, restableciéndolos a sus lugares legítimos en el flujo alfabético y promiscuo de la literatura.
Notas del Traductor
* Se refiere, desde luego, al Movimiento de liberación gay que en esa época estaba en un punto crítico a consecuencia del reciente surgimiento del sida; sólo así se entiende que Leavitt, desconcertado, trastabillé y crea que su interlocutor se esté refiriendo al baile.
* Literalmente: “Aquí estamos, somos maricones, acostúmbrense”. En inglés hay una rima, propia de las consignas, que en español se pierde, así que su equivalente en nuestra lengua sería también una consigna muy gritada durante las Marchas del Orgullo Gay: “No que no, sí que sí, ya volvimos a salir”.
* Ellen Degeneres era una alta ejecutiva de Disney hasta que, en 1997, asumió públicamente su homosexualidad y tuvo que salir de la compañía de entretenimiento infantil en medio de una fuerte polémica. Hoy en día es comediante de televisión.
* La línea de la belleza, de Alan Hollinghurst, fue publicada por Anagrama en traducción de Jaime Zulaika en 2005. The master. Retrato del novelista adulto, de Colm Toibin, fue publicada por Edhasa en traducción de Isabel Butler de Folley en 2006.
