Columnas • Diciembre 2007
El mundo libre está en buenas manos
Washington, Distrito de Columbia. 13:25 horas.
-Señor presidente, tiene que ver esto!
-Maldita sea, Jenkins, sabes que detesto que me interrumpan cuando juego a las damas.
-Pero las lecturas, señor presidente. -Jenkins, tembloroso y empapado en sudor frío, le tiende al presidente una carpeta llena de cifras y fotografías satelitales, con el consabido sello enmarcado en rojo que anuncia “top secret”, fuerte y enhiesto cómo un candado de acero chino.
-¡Oh por Dios santo, Jenkins! Comuníqueme con el pentágono. ¿Por qué no me lo dijo antes?
México, Distrito Federal. 13:26 horas.
Y mientras el mundo se resigna a una nueva crisis, de la cual, por supuesto, los simples mortales no habremos nunca de enterarnos, yo tengo también mis propias tareas impostergables.
Mi hermano decidió marcharse de la ciudad, a vivir con su mujer en un lugar subtropical semi paradisíaco, mejor conocido como Cuernavaca, o, en el dialecto rimbombante de los Mexicanos: “la ciudad de la eterna primavera”. Lejos está de ser los campos Elíseos, pero, descontando los mosquitos, debe ser un lugar más agradable que esta ciudad que no se resigna a ser llevada al demonio de una vez por todas. En fin, que eso me ha dejado a la deriva, y una vez más, como ya se está volviendo tradición anual desde que llegué a está ciudad como un joven Rastignac venido a menos, el columnista se lanza a las calles en busca de un lugar para vivir.
Pero no se fíen de mi palabrería: no es precisamente emoción lo que me embarga. Conseguir departamento en esta ciudad puede ser, en realidad, más difícil que salvar al mundo libre de las garras del terrorismo internacional antes del desayuno.
Se aprenden cosas en este sucio negocio de la supervivencia. Todos los anuncios mienten, por ejemplo, tratan de engañar descaradamente a los provincianos incautos como uno. Pronto aprendí que el termino “excelente ubicación” es usado como broma cruel por las inmobiliarias. Los edificios, terribles, construidos por contratistas sin escrúpulos y viudas millonarias, pretenden hacinar familias de cuatro o cinco integrantes en espacios inhabitables. Restricciones arbitrarias, papeleo exasperante, malas instalaciones eléctricas. Aval, acta de matrimonio, acta de divorcio, acta de defunción, certificado de vacunación del perico, “gastos por investigación”. Y detrás de todo, alguna oscura figura de una trasnacional que se vuelve rica con nuestro infortunio.
Sí Leon Bloy odiaba a sus caseros, unos inofensivos y molestos tenderos burguésitos franceses, pensaría que estas inmobiliarias de hoy en día son señales del juicio final. Claro, Leon Bloy estaba loco y veía el juicio final por todos lados, pero los lectores comprensivos saben a lo que me refiero.
Así que he pensado seriamente en comprar una casa de campaña e irme a vivir al parque más cercano a un establecimiento con conexión inalámbrica de Internet. Le pondría aceite en los bigotes a mi gato, y ahí prosperaríamos juntos, en medio de la gran ciudad. Nada de mariconadas de Diógenes o de Thoreau, nada del contacto con la naturaleza, la lectura de la Biblia y sembrar tu propias cebollas. Al demonio. Yo sería un dandy, un mujeriego, un apostador: un hombre feliz. “El dandy de Central Park”, me llamarían en los periódicos.
-Dicen que también escribe -sugeriría la reportera de traje sastre, medias de nylon y unas piernas de diosa.
-Oh, lo siento, lo siento, no tengo nada preparado; unos inicios de novelita, apenas, sobre un hombre que, no estando harto de la civilización pero si muy jodido, va a vivirse a una casa de campaña.
-Por favor, maestro, deléitenos. Y las piernas se cruzan de un lado a otro, en el gesto famoso de Atracción Fatal.
Los agentes editoriales tendrán que hacer fila afuera de mi casa de campaña e intentar sobornarme con costosas botellas de whisky y vino tinto, al tiempo que cientos de muchachitos estudiantes de letras hispánicas se congregarían, como en el paráclito de Pedro Abelardo, a escuchar mi predica carnal. Entraría a la categoría de los escritores como Guillermo Fadanelli: personaje de mi barrio.
Lo cierto es que nada de eso sucederá. Sobre todo ahora, que se ve una luz al final del túnel y he encontrado un departamento en el centro de la ciudad. Adiós a la vida de lujos y la fama segura, cambiados por la certeza de un lugar para pernoctar. Probablemente me dedique a leer a Juan de Dios Peza (enfrente de cuya antigua casa queda el departamento) y a aprender las leyendas que acompañan al centro histórico de la Ciudad de México, antigua cómo ella sola en este continente. Dicen, los que saben, que se pueden conseguir unos cuantos pesos relatándolas a los transeúntes, noble oficio medieval, que por qué no, no se antoja tan malo.
Como los lectores apreciaran, el columnista no se encuentra mucho en sus cabales. Ante las dificultades se entretiene en fantasear y en leer relatos de Henry James, mientras pasea viendo muebles y aparatos electrónicos que nunca podrá comprar. Las comodidades de la vida burguesa siempre han hecho que se le haga agua la boca, como a aquella telegrafista de “La jaula“, que se entretiene en imaginar la vida de la alta sociedad londinense tan sólo por las nimias señales que le brindan los telégrafos que pasan por su cubicuelo. Tal vez, dentro de un año, me encuentre de nuevo en las mismas, con una absurda caja de libros como única pertenencia, sumergido en esa especie de limbo fantástico y escapista, preocupado por algún sin importancia problema emocional.
Mi único consuelo: el mundo libre está en buenas manos, con sus reproductores de mp4, su televisores de plasma, sus ceniceros checoslovacos de cristal cortado. Algún sentido tenía que tener el nombre de esta columna.
